P. Edronkin

Claves para la formación de una organización exitosa (I).




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'Nada es más efectivo para que un Príncipe sea apreciado por otros que el acometer grandes empresas y la demostración de sus habilidades...'


- El Príncipe, Maquiavelo
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Es una noción bastante frecuente creer que el número es equivalente al éxito, que la masa hace la fuerza, y esta noción es la que forma parte del substrato sobre el cual muchas organizaciones se forman y pretenden crecer, incluyendo a las asociaciones u organizaciones con o sin fines de lucro que se dedican a la vida al aire libre.

Habiendo dirigido una organización de exploradores, el Gea, desde 1986, he ganado un poco de experiencia en estas cuestiones, y lo que puedo decir al respecto es que ello no es necesariamente cierto.

Todas las organizaciones poseen sus objetivos. El conocerlos y entenderlos claramente es un paso fundamental para lograr tener éxito, pues si no sabemos para qué estamos haciendo las cosas, resulta difícil pensar que las podremos hacer bien.

Obtener un número importante de adeptos puede ser parte de una estrategia. En el caso de algunas organizaciones ello es cierto y perfectamente válido, pero no en todas.

En algunos casos, contar con un número grande de integrantes puede ser un problema, ya sea por la dificultad para controlar a todas esas personas, o dicho de otra forma, administrarlas, o bien por los costos que ello puede implicar.

En toda organización, incluyendo los grupos como los que describo, existen dos clases de individuos: los que administran, y los que son administrados. En una nación hablamos de que existe un estado, y existe una sociedad. En una empresa, tenemos a la administración y a los empleados, etc.

La cantidad de individuos que pueden ser administrados depende en gran medida de la calidad de los administradores y de la manera en la que las responsabilidades son repartidas entre ellos.

Esto quiere decir que a fin de poder contar con un número importante de integrantes, cualquier organización, incluso si no posee fines de lucro, debe contar con buenos administradores. Un buen administrador, por otra parte, debe reunir tres cualidades esenciales:

1)-Debe tener una personalidad adecuada para ser un líder: una persona que desea mandar a otros no será probablemente un buen jefe de nada. Lo he visto en varias oportunidades. Cualquier líder que se precie de serlo debe guiarse por una sola máxima: enseñar con el ejemplo. Si un líder no está dispuesto a hacer esto, no debe ocupar el puesto.

2)-Debe tener instrucción académica en el tema: es una realidad que con el voluntarismo no alcanza para resolver problemas. Hace falta saber, y eso tiene un componente académico y conocimiento de la ciencia en general. Ello es inevitable y quien pretenda lo contrario se engaña. Los líderes no instruidos, en el mejor de los casos, alcanzan un tope de su capacidad innata y cuando menos, desaprovecharán muchas oportunidades para mejorar su posición y la de la organización que representan por no tener los elementos de análisis y los conocimientos para ponderar situaciones de cierto grado de sutileza.

3)-Debe tener experiencia práctica en administración: pretender por otra parte que con un diploma bajo el brazo nos podemos llevar el mundo por delante es también una forma de ignorancia. Si bien hay aspectos teóricos y académicos que deben conocerse para administrar efectivamente cualquier tipo de organización, también hay elementos sistémicos u orgánicos, propios de la cultura interna de la organización. Estos solamente pueden aprenderse dentro de la misma, y no hay título que pueda suplir la falencia de tales experiencias.

Con una sola de estas características, tendremos un líder mediocre; con dos, uno bueno, y con tres, uno muy bueno.

Si deseamos formar una organización exitosa, y particularmente si la misma se basará de alguna manera en el número de sus integrantes, será fundamental contar con buenos líderes. Estos, a su vez, deberán preparar a algunas personas para que también puedan administrar y ayudarle. La base de una buena administración de las organizaciones grandes reside en una adecuada delegación de tareas.

La formación de subordinados aptos, que en el caso de una eventualidad puedan hacerse cargo de la propia organización es uno de los primeros pasos que deben darse a fin de garantizar un crecimiento futuro genuino de dicha institución.




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