P. Edronkin

Consideraciones sobre los sistemas reglamentarios de las organizaciones modernas (I).




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Toda organización que se forme para lograr uno o más objetivos determinados necesita de un conjunto de reglas. Los países poseen sus constituciones y leyes, las empresas poseen sus estatutos, los ejércitos sus códigos de conducta y honor, las profesiones sus códigos de ética, etc.

Incluso en las organizaciones orientadas hacia la vida al aire libre y la práctica de deportes, es necesario establecer reglas y mecanismos para solucionar disputas, tomar decisiones, etc.

Incluso en los deportes y actividades de esparcimiento, como el fútbol, existen los árbitros.

El respeto por las normas y la realización de cambios ordenados en las mismas es algo fundamental para poder proyectar cualquier actividad administrativa u organizacional a largo plazo.

La calidad de las reglas existentes en cualquier organización es uno de los factores que en definitiva determinan el éxito de la misma. 

Los EE.UU de América poseen una constitución que ha sido indudablemente muy bien pensada y redactada. Inglaterra puede dividir su evolución hacia convertirse en un imperio a través de etapas bien definidas por cambios en su sistema institucional.

En una organización profesional o con objetivos bien definidos, las reglas son en cierta medida aún más importantes, pues tendrán incidencia directa sobre la eficiencia general.

Sin embargo, el tema de las reglas, la disciplina y el orden parecen constituir un tabú para muchas personas pues existe una apreciación con predisposición negativa hacia el tema.

Hablar de reglas, en términos subjetivos, trae a la mente de muchos el autoritarismo. Sin embargo, poseer reglas, tomarlas seriamente y mantenerlas no significa ser un totalitario. 

El totalitarismo no es el respeto por las reglas o intentar mantenerlas en funcionamiento de por sí, sino que es intentar hacerlo contra toda lógica y sentido, que es algo muy diferente.

Los regímenes autoritarios ponen mucho énfasis en las reglas simplemente por una cuestión de conveniencia, para poder mantenerse en el poder, pero no porque consideren que las reglas son en sí importantes. 

Es decir, la coincidencia entre reglas y autoritarismo por un lado, y por el otro, entre reglas y una buena administración, es una similitud aparente, pero no real.

La anarquía puede ser explícita o implícita. La anarquía explícita es una cuestión política. La anarquía implícita es más propia de la conducta personal. 

A mucha gente, al no gustar las reglas, se le ocurre comportarse de una forma anárquica subconscientemente o implícitamente. Esto es parte de un simple deseo natural, pero que puede estar siendo influenciado por valores culturales, políticos y religiosos, y también apreciaciones y principios personales.

Sin embargo, los sistemas anárquicos evolucionan siempre hacia un caos en el cual tarde o temprano aparece la ley del más fuerte, lo cual no siempre equivale a que se desarrollan las mejores reglas sociales o de la organización.

El medioevo, en el cual en Europa no existían las nacionalidades como las entendemos hoy en día, el poder político de cualquier rey o noble era muy pequeño en comparación con el poder del Papado.

Considerando las distancias que debían ser recorridas a fin de comunicarse las decisiones papales, los diversos ambientes geográficos, y la falta de vías de comunicación, no es extraño que tras la caída del imperio romano reinara la anarquía, la cual fue sustituida poco a poco por un sistema social y político que conocemos como feudalismo.

En consecuencia, intentar romper las reglas cuando y como a uno se le antoja es también una forma de totalitarismo, pues implica la imposición de nuevas normas a toda costa. Esas nuevas normas pueden ser escritas o no, pero son de pura ocurrencia de quien las desea imponer.




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