Don Pablo Edronkin

Consideraciones sobre los sistemas reglamentarios de las organizaciones modernas (II).




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El producto de las revoluciones en Francia y Rusia, para quitar del poder a sendos regímenes totalitarios fue una nueva clase de totalitarismos.

El cambio violento de normas siempre es autoritario, pues no es racional, y como resulta imposible actuar violenta e indiscriminadamente, y a la vez con un verdadero sentido de justicia, en toda revolución existen víctimas colaterales, miembros de la antigua aristocracia que se pasan al nuevo, y también personas pertenecientes a dicho grupo, pero que en sí pueden no ser culpables de nada y sin embargo reciben un castigo simplemente por pertenecer a una clase.

La Revolución Rusa de 1917 es un claro ejemplo en este sentido, pues hubo numerosos miembros de la nobleza y la aristocracia zarista que se acomodaron en el nuevo régimen, muchos de los responsables del gobierno y la sociedad se exiliaron, y otros que poco tenían que ver o inclusive, que podrían ser responsables de alguna manera, fueron ejecutados cruelmente.

El caso de los hijos del Zar Nicolás II es un ejemplo de ello. Fueron ejecutados con sus padres si ser ni siquiera adultos todavía.

Por otra parte, cuando un cambio es realmente necesario y hay buena voluntad para hacerlo, siempre es mejor estudiar como construir el nuevo concepto antes de ponerlo en práctica, del mismo modo que un buen arquitecto va a hacer muchos dibujos antes de construir una nueva casa. 

Son muy raros los casos en los que no hace falta evolucionar una regla propuesta. Por consiguiente, los cambios siempre deben hacerse de forma ordenada.

Las reglas pueden variar, las condiciones en las que dichas reglas han sido establecidas también pueden variar. En consecuencia, nunca hay que asumir que una regla puede ser establecida para siempre.

Pero a fin de evitar que reglas que incluso podrían ser sabias en un momento dado, se transformen en obsoletas y quiten eficiencia a la organización mientras duren, o bien sean reemplazadas en medio de un caos, es muy importante crear junto con las reglas iniciales de cualquier organización, un marco para efectuar modificaciónes.

Los mecanismos para modificar las reglas deben ser muy claros y no permitir que las modificaciónes se efectúen a la ligera o para obtener provechos personales.

Más allá de que en estos casos carecieron del mandato e incluso apoyo necesarios para hacerlas, bien puede ocurrir en una sociedad, o para el caso, en cualquier organización, que un individuo pretenda manejar de manera demagógica a los integrantes de la misma a fin de forzar una modificación fuera de los mecanismos institucionales establecidos.

Justamente, en el Gea hemos tenido algún que otro caso en el que personas con cierto nivel de autoridad intentaron modificar las reglas de juego por puro interés personal. 

Las revoluciones a veces son inevitables, pero nunca son deseables. Los cambios sí, pero las revoluciones no, y mucho menos, si sirven en realidad de excusa o pretexto para justificar ante el público cambios que no están destinados a mejorar las cosas o alterar el curso de una historia errada, sino para que una persona se beneficie en desmedro de los demás.

Las revoluciones son peligrosas por una simple razón, y es que al romper el orden establecido, es muy probable que se avasallen derechos de las personas que nada tienen que ver en realidad con el motivo de la revolución, pues cuando se empieza con una violación abierta a los mecanismos internos de cambio de un grupo, en realidad se sienta un precedente que será muy difícil de rebatir en el futuro y un modo de hacer las cosas que luego será muy difícil transformar.

Es por eso que las sociedades caóticas se vuelven cada vez más caóticas, y las sociedades violentas se convierten en cada vez más violentas.

Si un líder o aspirante a serlo intenta forzar un cambio para obtener provechos personales apelando a argucias persuasivas pero falaces o a la demagogia, puede hacer que el peso de la opinión pública le permita forzar tales cambios.




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