P. Edronkin

Enrique Oliva, alias Francois Lepot, está equivocado respecto del Rey de la Araucanía (VII).




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Si nos guiáramos simplemente sobre la base de los actos de gobierno de Antoine I, y al ver que este monarca actuó como actúan y actuaron nuestros propios gobernantes, tendríamos que decir que efectivamente, se trató de un Rey auténtico, pero con muy mala suerte para él.

Por otra parte, tenemos los documentos aportados por la historia y sus descendientes, y también deben ser considerados. Decir de antemano que tales documentos son apócrifos es metodológicamente incorrecto.

Esto es algo que habría que probar, y no solamente afirmar, y Lepot no menciona ser un genealogista o perito calígrafo, y tampoco aclara cuales son sus fuentes en este caso.

Es probable que los supuestos actos de gobierno y conciliábulos de Antoine I con los indios no hayan sido tan gloriosos como él ha pretendido mostrarlos, pero ¿quién puede razonablemente creer que las gestas libertadoras de Argentina o Chile, o para el caso de cualquier otro país lo han sido?

¿Alguien cree que el 25 de Mayo de 1810 haya sido realmente una fiesta en su momento? ¿Alguien cree que el cruce de los Andes por San Martín haya sido como se la describe en las revistas para niños?

¿Alguien puede creer que la historia fue como nos la cuentan 200 años después?

No quiero decir con esto que pretendo restar méritos a los patriotas de estos dos países, ni para el caso, de ninguno otro, pero señores, conectemos nuestros cables a tierra y entendamos de una vez que la historia raras veces es como la presentan.

Además, el hecho es que algún tipo de actividad gubernamental, por más tenue que haya sido, existió, y es evidente que no se le puede pedir a alguien que gobierne por un corto período que de su gestión aporte resultados que llevaría años obtener ¿De qué estamos hablando si la Argentina o Chile recién han afianzado sus sistemas democráticos de gobierno a más de ciento cincuenta años de sus respectivas declaraciones de independencia?

Todos los papeles aportados, si corresponden a la época en la que Antoine I gobernó, y si llevan su puño y letra, entonces deben ser considerados como auténticos, a no ser que se pruebe lo contrario.

Pero el autor manifiesta que los ministros del Rey no existieron, o bien que los caciques no firmaron esos papeles. Para afirmar esto se basa, en gran parte, en que los indios, en la actualidad, no recuerdan que ello hubiera ocurrido.

Es decir, que no hay tradición oral al respecto, pero lo importante es que quienes se encargaron de destruir precisamente a estas culturas indígenas han sido argentinos y chilenos, por lo que ahora, reclamar que aparezcan pruebas a partir de lo que uno mismo ha destruido, es sencillamente improcedente.

Del mismo modo, podemos decir que ni el Rey Arturo de Inglaterra, ni el propio Jesucristo han dejado pruebas absolutamente fehacientes de que hubieran existido, y que por otra parte, nadie los recuerda en un sentido estricto, sino que simplemente se ha transmitido una tradición más o menos oral de ellos. La leyenda de Artuo, por ejemplo, surgió en Caerleon, Gales, probablemente en la tríbuu de los silures. No se trataba de un rey con boato espectacular como el que aparezce en algunos libros sino del caudillo o cacique de un pueblo primitivo y un tanto romanizado tras la presencia de aquel imperio en las islas británicas. Sus luchas no eran más gloriosas que cualquier reyerta entre dos bandas de charrúas de la antigua Banda Oriental, pero el marketing histórico británico ha sido particularmente efectivo.

En estos casos, la tradición no resulta siempre precisa. Por ejemplo, se piensa que Judas había sido el décimo tercer apóstol, pero en realidad fue el sexto y Jacobo fue el decimotercero. Esto prueba que hay que tener cuidado con la tradición oral, pues resulta imprecisa.

En los evangelios esto está aclarado, pero la gente piensa otra cosa.

Es más: del único personaje descrito en la Biblia de quien no podemos dudar que haya existido es del Faraón Egipcio Ramsés II, pues se ha encontrado su momia, así que si de pruebas fehacientes se trata, entonces de lo único que podemos estar seguros es de que Ramsés existió, y aplicando el criterio del Sr. Lepot, Moisés es un fraude.

¿Y de los diez mandamientos? Si las tablas originales no están, entonces no hay prueba "fehaciente" como le reclama Lepot a los descendientes de Antoine I, y por lo tanto ¿qué hacemos miles de millones de seres humanos respetando algo que no es "fehaciente"?

¿Y quién se acuerda de todos los Papas? Por ejemplo, o ¿Quién sabe el nombre del secretario General de las Naciones Unidas que ocupaba el cargo en 1952?

Pocos, evidentemente.




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