P. Edronkin

La lucha contra las mentiras como razón de estado (I).




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'Que bueno es que nadie debe esperar ni siquiera un minuto para mejorar nuestro mundo.'

- Anne Frank.



"Uno de los pensamientos que estuve elucubrando hace un rato es una definición o análisis del concepto de mentira que tenemos, y su importancia como concepto o hecho dentro de lo que es la dinámica de un grupo cualquiera.

Un jefe, administrador o coordinador de grupos debe pensar de vez en cuando en los diversos conceptos que maneja a diario, para que su manipulación no se convierta en una actividad rutinaria o de burocracia social.

La palabra en cuestión tiene de por sí una connotación negativa, pues mentir no es una actitud o acción digna de elogio en prácticamente ningún tipo de grupo social, aunque desde luego hay matices y en algunos casos las mentiras son consideradas como más triviales que en otros.

Sin importar lo que pensemos, las mentiras existieron y existirán siempre, y las enfrentaremos siendo subordinados, socios o jefes. Podremos desarrollar todo tipo de contra-medidas para contrarrestarlas, podremos sancionarlas, pero no podremos erradicarlas totalmente.

En consecuencia, su existencia no debe sorprendernos, ni debe alarmarnos de por sí, por más que consideremos al hecho de mentir como algo deplorable.

Lo que importa, sin embargo, es lo que sucede después de que se ha dicho una mentira, y cuales serán las connotaciones que su existencia le traerán o aportarán al grupo que pretende coordinar o dirigir. Las mentiras son funestas tanto por su reprobabilidad moral y ética, como así también por las consecuencias inmediatas y espirituales que producen: esas son las connotaciones a la sque me refiero.

Por esto uno puede ponerse a pensar por qué a los políticos les conviene mentir, y la verdad es que al político lo que menos le conviene es la verdad, porque mantener ésta es mucho más difícil que vivir de la mentira, pero la mentira es más dulce y sencilla de adinistrar para el cobarde, el inútil y el mediocre.

Ergo, podemos decir que una de las medidas de calidad, y hasta diría, el examen esencial que debería superar todo político antes de que se le consideráse una persona de bien en vez de un individuo que está a la par de los mercenarios y las prostitutas, es sencillamente si es capaz de ser consecuente con lo que dice, más allá de su ideología."




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