P. Edronkin

Cambiemos nuestra forma de ver al mundo (V).



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"Un ejemplo de todo esto lo constituye la propia Francia: a Luis XVI lo derrocaron y ejecutaron, y poco más de diez años después Francia contaba con un nuevo déspota, Napoleón Bonaparte, que a falta de un reinado se hizo coronar Emperador tras actuar como “Primer Cónsul” y con todas las características de un dictador benévolo en un principio, pero despótico e intolerante con sus adversarios internos.

Por supuesto, menos tolerancia demostró con sus vecinos, y en definitiva, el producto de la Revolución Francesa terminó siendo un líder tan derrocado como el que la propia Francia guillotinó unos años antes, y no olvidemos que muchos revolucionarios, como el propio Robespierre, recibieron también lo que le desearon a sus víctimas.

Esta aparente contradicción no se debió a otra cosa más que el hecho de que si bien la sociedad francesa no estaba dispuesta a aceptar los excesos de la corte real, sí estaba dispuesta a ser gobernada por un déspota, en aquella época.

Es decir, la gente había sido llevada al extremo en sus bolsillos, pero no en la libertad de sus espíritus, y viendo esto en perspectiva, resulta claro que un hecho violento como dicha revolución no podía cambiar verdaderamente el substrato de la cultura francesa, que en ese momento, como ocurría en la mayor parte de los países europeos, aceptaba de buena gana a los dictadores."





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