Don Pablo Edronkin

Los malos líderes crónicos y agudos (XII).



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La grandeza no se obtiene por adquisición directa. Solamente se empieza a obtener cuando un grupo de personas suficientemente amplio se pone de acuerdo en considerar a un cierto individuo como un ejemplo.

Pero la grandeza es como una coronación, y es otorgada finalmente cuando no solamente los propios sino también los extraños concuerdan en que se ha presenciado en nuestro mundo a un individuo poco común.

Este individuo generalmente es un personaje de estado, pero también puede ser un líder de menor escala, pero de características excepcionales.

La grandeza es en esencia, nada más que una forma en la que la historia perdona a sus grandes hombres y mujeres.

Muchos Presidentes, Reyes y Primeros Ministros, Empresarios, Obispos y líderes a secas de diversas naciones son poco recordados tras sus respectivas gestiones. Indudablemente les queda un lugar en los libros de historia, pero fuera de ello, no constituyen más que recuerdos.

Otros pueden hacer cosas muy grandes y hasta cataclísmicas, como Hitler o Stalin; sin embargo, el sentido de revulsión que sentimos por ellos no los convierte en grandes líderes, y ni siquiera en recuerdos anecdóticos, sino en pesadillas que únicamente recordamos para no caer en ellas nuevamente.




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