P. Edronkin

El banquete de los dos mil años (II).



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Por supuesto, el saber tiene sus recompensas sociales: hasta en las tribus menos avanzadas tecnológicamente el médico brujo, el chamán o el sacerdote son preeminentes por manejar algo que otros no manejan, y no se tardó mucho hasta que esto se incorporó al botín la recompensa económica. El saber, hasta cierto punto, puede llenar nuestros bolsillos.

Claro que a medida que los integrantes de la sociedad nos hemos dado cuenta de ello, más y más hemos ingresado a las universidades a fin de recibir educación terciaria similar a la de los académicos, científicos y pensadores sobre los que en el fondo y en esencia, se basa nuestro modelo mental en el que asociamos el saber con el prestigio.

Casi todos queremos la gloria de alguna u otra manera.

Sin embargo, entre ellos y muchos de nosotros hay una diferencia fundamental, y es que los verdaderos sabios lo son no porque aspiren a una posición determinada, sino porque pretenden desarrollar el conocimiento en sí mismo, mientras que el grueso de quienes intentan emularlos solamente pretenden el barniz que ven por encima de ellos, es decir la pátina de prestigio y el título sin entender la esencia que los llevó hasta allí.

En cierta medida, decir que todos los graduados actuales son comparables a ciertas personas eminentes tan sólo porque recibieron el mismo título académico es como afirmar que uno sabe tanto de volar como el piloto que nos lleva de Buenos Aires a Madrid porque vamos en el mismo avión.




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