P. Edronkin

El banquete de los dos mil años (IV).



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Que algo han aprendido todos es indudable, pero no creo que se los pueda colocar a todos n la misma categoría pues si circular por un hall durante cinco años nos diera la misma sabiduría, entonces, también absorberíamos por la nariz los talentos artísticos, la bondad, la maldad, la deshonestidad, etc. y si el hecho de aprobar una serie de exámenes sobre estas cosas nos definiera como buenos o malos ¿No sería posible examinar todas las cualidades humanas?

Claro que no, y no es posible llegar a la sabiduría tan sólo por medio de exámenes porque el saber no solamente es una pila de datos, sino una actitud.

Esto me recuerda a la creencia que subyace en todo acto de canibalismo, pues tanto el psicópata que asesina y luego prepara un caldo con sus víctimas, como el caníbal de Oceanía que se come las lenguas de sus enemigos, creen que de esta manera absorben la fortaleza, la sabiduría el vigor sexual y otros atributos de quienes han matado.

A veces, hasta se comen las partes de sus enemigos mientras estos todavía viven, y les muestran lo que hacen y les hablan, como parte del rito.

Creo que en el fondo, estas creencias que nos impulsan a hacer las cosas únicamente por prestigio son lo mismo. A pesar de todo, todavía nos cruzamos huesos en la nariz y somos tan jactanciosos en los rituales que creemos que nos conducirán a la iluminación como estos señores que se comen a los otros.




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