P. Edronkin

El banquete de los dos mil años (XIII).



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La diferencia reside en que para quien busca crear, la enseñanza de calidad es simplemente un producto secundario, una consecuencia de la producción y valor del conocimiento, el cual no debe ser desechado ni dejado en el olvido, y consecuentemente, debe transmitirse; mientras que quien busca aparentar solamente se esfuerza por imitar los aspectos simbólicos del tema.

El conocimiento se crea, asume vida propia, se alimenta y busca reproducirse; si quitamos alguno de estos elementos, pronto muere, y su muerte es tan absoluta y definitiva si se quita el proceso de creación como si se destruye el proceso de enseñanza.

Es evidente que si cerramos las universidades y no se enseña más a nadie, pronto la sociedad se convertirá en una cosa de brutos. La razón es evidente para todos pues no habrá en tal caso gente capacitada para hacer muchas cosas.

Lo irónico es que muchos de quienes podemos opinar así y hasta sostenemos políticamente cosas como la enseñanza gratuita y etcéteras, no movemos un párpado para mejorar los presupuestos de investigación, apoyar a los científicos y a cualquier creador de verdad, y tampoco intentamos crear por nuestra cuenta.

De hecho, cuando pretendemos mirar al mercado por sobre todo lo demás, y pretendemos juzgar las cosas sobre la base del criterio de rentabilidad espontánea que es propio del mercadeo, estamos olvidando que no todas las cosas se pueden juzgar de la misma manera y por consiguiente, estamos contribuyendo a destruir lo que decimos apoyar.




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