Don Pablo Edronkin

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Las tropas de EE.UU ya han utilizado aeronaves controladas remotamente y cargadas con misiles TOW en Afganistán, y si bien no es mi idea entablar conflictos con EE.UU, esto debe servir de advertencia para cualquiera.

Los países de segunda línea deben negociar desde todo punto de vista desde una posición de debilidad con ellos, puesto que además de carecer por la razón que sea de poderío económico, muchas veces se encuentran limitados en su capacidad de disuasión creíble y por consiguiente, encuentran mucho más complicado negociar en cualquier campo.

Hoy en día, por ejemplo, se apela al 'libre comercio' y a la 'globalización'. La Unión Europea y los EE.UU presionan a otros países para que abran sus fronteras al comercio, de manera que las compañías europeas o estadounidenses puedan penetrar en esos mercados.

Sin embargo, el trato para las compañías de terceros países que intentan exportar hacia Norteamérica o Europa no es el mismo: basta preguntarle a un agricultor brasileño, a un ganadero argentino, o a un productor de bananas de Ecuador para empezar a comprender la cantidad de obstáculos que les colocan en el camino al tiempo que quienes lo hacen declaman por el 'libre comercio', la 'apertura de las fronteras' y otras utopías unilaterales, y reaccionan como Drácula frente a la cruz cuando alguno de estos países sugiere que quizás desearía cerrar un poco el grifo que les desangra comercialmente, y hasta logran hacer que una gran parte de la población se sienta casi como culpable de ser un grupo de carcamanes ideológicos a pesar de que tal mundo feliz les está matando lentamente.

Señores: la economía no lo es todo. Este mundo actual en el cual las relaciones de poder están quedando cada vez más desparejas encuentra su causa principal en la ceguera que la avaricia y un falso concepto de poderío causan en la mente de los líderes de las sociedades de segunda, que no dudan en ceder terreno en el nombre de sus naciones con tal de conseguir algunas migajas del mercado creyendo que con ello compran grandeza, como si un padre vendiera a su hija a un prostíbulo creyendo que de esa manera le está haciendo un bien para que madure. El poder posee bases más amplias que las meras finanzas, y cualquier sociedad o nación que desee preciarse de serlo en el futuro debe comprender este hecho.

Esto lo podemos extrapolar, generalizar o reducir a cualquier actividad humana y por lo tanto, debemos admitir que en las circunstancias actuales nos encontramos en una seria desventaja y a merced de la buena o mala voluntad de otros que no necesariamente están actuando para perjudicarnos, pero a quienes no les importaremos si lo hacen.

Muchos de los principios e ideas que están detrás de nuevas tendencias como el neoliberalismo y la globalización son manejados en base a un doble estándar: se le dice a nuestro vecino que actúe en base a esos principios, pero nos cuidamos bien de no hacerlo nosotros, eso lo hace todo el mundo, pero mucho más cuanto más poder se posee. Esto es una falacia, una sencilla pero persuasiva mentira que invalida el modelo ideológico que se nos pretende vender, y aquí no aplico ningún argumento ideológico, sino la pura ciencia.

La realidad es que el mundo se mueve por una negociación constante matizada a veces con violencia, a lo cual denominamos guerra, y si entregamos todo a cambio de nada no tendremos con qué negociar y con mayo frecuencia caeremos en la violencia y el desastre.

Nos agrade o no, la realidad es que la faceta más básica e instintiva del poder, y aquella con la que nos codeamos desde la era de las cavernas no son las finanzas, sino las fuerza destructiva, y dado que un descuido en este sentido puede transformarse en una cuestión irreversible, este es un asunto que no debe dejarse de lado.

Si me preguntan cuál es la mejor forma de poder diré que es el conocimiento; si me preguntan cuál es la más cómoda, diré que es el dinero, y si me preguntan cuál es aquella de la que no podemos prescindir, diré que es la fuerza.

La guerra existe y existirá a pesar del libre comercio y la aparente paz del mercado, pues tal paz no puede ser genuina sino por conveniencia, y como tal, efímera como las condiciones que la generan. Solamente un cambio moral y ético mucho más profundo que el bolsillo podría cambiar esta realidad que nos acompaña casi el sexo o la comida, pero para que tal cambio se produzca alguna vez debe cambiarse del modelo imperante en el mundo que tiende, inntencionadamente o no, al crecimiento inequitativo.

Para que exista crecimiento equitativo, debe lograrse la ecualización del poder, y ello se logra, entre otras cosas (y paradójicamente) a través de la amenaza de la destrucción mútua que aseguran las armas suficientemente eficientes.




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