P. Edronkin

Comentarios sobre el valor de la tecnología militar latinoamericana (XIV).



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El mercado no manda, solamente posee influencia, y sería lamentable que mandara porque estaríamos en manos de una nueva forma de despotismo del cual sería muy difícil salir pues se basa en la avaricia de todos, y es más difícil luchar contra uno mismo que contra cien enemigos. Los estados son los que deben mandar, pues representan mal o bien, pero de forma más integral que el mercado, a los intereses de sus respectivas naciones.

Para poder mandar, un estado debe nutrirse de diversas fuentes de poder: el mercado mismo, la cultura, la fuerza y primordialmente hoy en día, del conocimiento, pero darle exclusividad a uno de estos factores, o una preponderancia muy marcada, lo único que va a conseguir es malestar para la población. Incluso el conocimiento en exceso puede ser malo pues conduce a la racionalidad absoluta y despiadada, al ridículo de la academización excesiva y a la transformación de las universidades desde su carácter de promotoras del saber a templos dentro de los cuales se encuentran los nuevos 'dueños de la verdad' que recuerdan a los monasterios medievales.

Es decir, nuestra búsqueda de confort y la filosofía del 'téngalo ya, pague después' nos lleva lentamente a una especie de nueva Edad Media signada por electrodomésticos descartables en vez de misas en latín.

Nuestros abuelos construían y reparaban sus casas; hoy en día necesitamos de un ejército de plomeros, albañíles, arquitectos y electricistas para lograr lo mismo que nuestros viejos parientes, y a pesar de la mayor tecnología. No podemos permitir que pase lo mismo a escala social.

En Argentina hemos hecho eso: durante décadas le prestamos atención únicamente a las armas y no nos fue bien. Luego pasamos a prestarle atención únicamente al mercado, y nos fue peor. Cada cosa tiene su lugar, y no se puede pretender aplicar los criterios de uno de estos factores a los demás.

Si a una sociedad le aplicamos principios castrenses, terminamos con una economía de guerra, donde solamente podremos aspirar a obtener una lata de ración sin siquiera una etiqueta atractiva. Si a las sociedades les aplicamos los principios de mercado, terminamos con un sistema de darwinismo social donde uno vive o muere en función de su eficiencia laboral, y como todos seremos viejos alguna vez y no podremos trabajar, ya sabremos lo que nos espera. El darwinismo social no puede ser nunca el objetivo de un estado, so pena de convertirse en una organización criminal.

Creo que después de la caída del comunismo y experimentos supuestamente liberales en varios países del mundo y particularmente en Latinoamérica, que en su mayor parte no han arrojado resultados positivos para la población, es hora de que aprendamos de la experiencia. Es hora de que seamos prácticos y abandonemos toda clase de teorías conspirativas que culpen a unos u otros.




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