P. Edronkin

Educando al soberano (II).



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Es decir, el impacto de un líder que aprecia la cultura e incluso la sabe emplear como herramienta política puede tener influencia indirecta a través de su legado aún decenas de siglos más tarde, o dicho de otro modo, la diferencia entre los líderes que apelan al conocimiento y los que apelan a la ignorancia es abismal, como lo demuestra la historia.

Pero los líderes no solamente se hacen poderosos cuando manejan conocimientos, sino cuando los transmiten a sus gobernados, puesto que entonces, el efecto productivo del conocimiento, y sus resultados concretos, se multiplican.

Existió y existe entre muchos líderes la creencia de que resulta más provechoso mantener a sus subordinados en la ignorancia, puesto que de esa manera se los puede gobernar mejor. De hecho, en el medioevo occidental a la población común no se le dejaba leer o interpretar la Biblia, y en el mundo musulmán actual ocurren cosas similares, y el estado de evolución de sendas culturas en ambos momentos no deja lugar a dudas acerca de lo que se pretende con esas cosas y cuales son sus efectos de largo plazo.

El hecho de gobernar a una población, a un ejército o a la planta de personal de una compañía comercial basándose en la ignorancia implica que sus líderes tampoco deben esforzarse mucho por hacer valer sus puntos de vista, pues al no tener que explicarlos sino imponerlos, no se ven en la necesidad de razonarlos.

Cuando vemos que un líder se encierra en sus pensamientos e ideas, y deja de tener contacto con la gente y con la realidad de la calle sucede exactamente eso: el líder ha dejado de razonar y por lo tanto resulta redundante para la organización que pretende dirigir. Su permanencia en el puesto que ocupa, de no revertirse prontamente es actitud, se convierte en un lastre, una carga para la organización, en vez de una ayuda.

En casos un tanto extremos, esa carga se convierte en un verdadero problema: tanto en el Japón imperial como en el Tercer Reich, los líderes técnicos - diplomáticos, militares, economistas, etc. - sabían que la guerra estaba perdida hacia fines de 1943. De hecho, Japón ya tenía perdida la segunda guerra mundial desde mediados de 1942, al perder las batallas del Mar de Coral y Midway, y la Alemania nazi, tras la derrota en Stalingrado.

Sin embargo, los líderes políticos de esos regímenes - Adolf Hitler por un lado, y la junta militar japonesa por el otro - se negaron a ver la realidad. Los combates que siguieron en el Pacífico a la batalla de Midway, y a Stalingrado en el teatro de guerra europeo, fueron solamente una inmensa e innecesaria pérdida de vidas y recursos, sin ninguna posibilidad de ganar.

Es más: si los líderes políticos de Alemania o japón hubieran podido ver la situación con claridad entonces, es muy probable que podrían haber negociado un armisticio y haber conservado de alguna manera parte de su poder, en vez de destruir sus propios países y acabar condenados en 1945. Pero esos líderes se ensimismaron tanto en sus propias ideas que no quisieron ver la realidad ni sus opciones realistas. Los resultados ya los conocemos.

Hitler en sus últimos días en el bunker de Berlín deliraba con el movimiento de ejércitos inexistentes o convertidos meramente en inventarios en papel pero sin municiones, sin personal o sin combustible, que realizaría maniobras milagrosas que salvarían a su régimen, mientras los soldados alemanes que debían defender la ciudad frente a una abrumadora superioridad táctica soviética, trataban de abrirse camino hacia el frente occidental, como en el caso de Heinrici o Wenck, para rendirse a los aliados occidentales que - según esperaban correctamente - tratarían de forma más piadosa a los prisioneros de guerra alemanes.

Y en Japón, la junta militar ocultó los datos reales sobre el desastre de la batalla de Midway incluso a oficiales de alta graduación durante toda la guerra. Hubo varios casos de altos funcionarios civiles y militares japoneses que se enteraron de la real magnitud de la derrota aeronaval en Midway cuando fueron entrevistados ya por lo aliados que ocuparon Japón a finales de 1945. De haberse sabido en qué estado había quedado la marina japonesa tras esa batalla, habiendo perdido la casi totalidad de su fuerza aeronaval y su flota de portaaviones, la simple lógica le hubiera indicado a miembros más razonables de las fuerzas armadas japonesas y la administración civil que la guerra no podía continuarse.

Como lema de esto puede obtenerse que una sociedad u organización que deja que sus líderes actúen de forma desconectada de sus subordinados y se encierren en sus pensamientos fácilmente pueden caer en el desastre sin siquiera darse cuanta, mientras que un control sobre los líderes y la precaución de mantenerlos en contacto con la realidad puede evitar muchos males.




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