P. Edronkin

Educando al soberano (XII).



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Como consecuencia de esto, quienes poseen participación accionaria o intereses en esta empresa no tienen en sus manos certificados puramente especulativos, sino constancias de que poseen algo mucho más valioso, como es la información. El valor de la compañía no se centra en malabarismos financieros sino en textos como este, patentes, ideas, derechos de autor, etc.

Las sociedades modernas dependen cada vez más de la información, y quien la sepa manejar va a tener en sus manos un recurso tan valioso como el petróleo o los diamantes, pero para poder generar, analizar e interpretar la información es necesario contar con educación, pues de otra forma no sería posible hacer tal análisis, tomar las decisiones pertinentes o asegurarse de que las mismas sean las correctas.

De nada sirve engañarse; se han ensayado muchos modelos que intentaron ser alternativos al líderazgo basado en el conocimiento, y todos han fracasado, pues apelar a la ignorancia y pensar que de ella se puede obtener algo positivo es como creer que se puede diseñar y construir un puente suponiendo que la ingeniería no existe. Cuando las cosas están hechas por los que saben pueden durar hasta milenios. Basta recordar el caso del puente romano de Córboda, que data del siglo I y que durante casi dos mil años fué el único que sirvió a la localidad homónima. Por supuesto, el puente todavía existe y es utilizable.

¿Y qué es lo que sucede cuando quienes hacen algo no saben hacerlo? La construcción se derrumba al poco tiempo. Por eso, a lo largo de la historia, podemos contar numerosos casos de personas que han podido lograr mucho, pero solamente sabiendo mucho. Es más que obvio que los romanos que construyeron el puente en Córdoba sabían lo que hacían. No le dieron ese trabajo a unos improvisados.

Entre los líderes políticos puede verse con llamativa frecuencia cómo se intenta pasar por alto la máxima del conocimiento. Hasta es posible ver con relativa frecuencia casos de políticos que se inventan títulos universitarios, o que no pueden demostrar que los poseen pese a que afirman que sí, porque eso les da un mayor prestigio o credibilidad. Y lo asombroso es que hay gente que está dispuesta a votar a quienes dícen ser abogadas o licenciados sin que jamás hayan mostrado sus respectivos diplomas, y sin que exista registro alguno de que tales personas hubieran tenido alguna clase de actividad profesional.

Pero la gente los vota porque quiere creer en ellos. La voluntad de seguir a un líder puede ser mucho más poderosa que la razón, quizás porque en alguna medida se basa en el instinto animal, y ahí es donde está el peligro.




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