P. Edronkin

La ecología del pensamiento (XIII).



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No hay nada más legítimo respecto de los ideales de cualquier nación surgida a través de una revolución que la propia revolución. Aquellas naciones que tras sus revoluciones independentistas se convierten en 'serias' o 'estables' en realidad están a tan solamente un paso de ser 'anquilosadas' o convertirse en auténticas 'oligarquías' gracias a la desaparición del valor de la palabra y la entrada en escena de la hipocresía de los líderes.

Aunque el hecho parezca temible, las revoluciones son buenas de vez en cuando, y los pueblos revolucionarios son en el fondo mucho más sanos que los conformistas, porque para que la vida del conformista progrese siempre hará falta que exista un buen 'gran hermano' que sepa administrar y tenga una generosa buena voluntad hacia otro que es más débil que él, pero el revolucionario al menos tomará, con errores o sin ellos, su destino en sus propias manos.

Mucho más frecuente es que ese 'Big brother' sea nada más que persuasivo que cristianamente honesto y nos pretenda hacer creer una cosa bonita cuando en realidad lisa y llanamente nos exprime por medio de alguna clase de contrato de Fausto con letra pequeña.

El hecho de que los pueblos conformistas den este último salto suicida depende únicamente de las habilidades malabaristas de sus líderes que posean conciencia de la existencia de este problema e intenten algo para evitarlo, para lo cual tendrán que recurrir al autoritarismo que traiciona intelectualmente a sus ideales, o bien a la negociación con quienes no eliminarían, lo que les llevará de cualquier modo a lo mismo, por lo que un exceso de prosperidad no es tan bueno como se cree, y así como la comida engorda, el exceso de bienestar también puede matar.

Pero muchos de estos prósperos que nunca conocen el mal porque confunden la creencia de no verlo con el hecho de que a través del engaño han perdido la habilidad para hacerlo, y gracias a ello llegan a la cima desde la cual pueden jactarse por un tiempo, nunca podrán poseer un substrato cultural profundo que las haga persistir mucho más tiempo que su prosperidad económica y por eso es que los grandes imperios si bien siempre han tenido comercio, han sido mucho más que empresas comerciales, y los que no, habrán sido imperios pero nunca realmente grandes o perdurables.




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