P. Edronkin

El liderazgo huérfano y el efecto fénix (V).



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Cuando un sistema - en este caso político -no se encuentra cuestionado y no se ejercita, casi como un ser vivo, un animal que hace trabajar sus músculos al correr, saltar y trepar, se atrofia. Si esto sucede, el sistema ingresa en una etapa declinante; o sea, su decadencia.

El fin de un sistema puede ser ordenado o caótico, y violento o pacífico, pero en ningún caso resulta de provecho para los integrantes del mismo que se sienten como tales.

En otras palabras, alguien que quiere ser ciudadano de una nación nunca se va a beneficiar de su caída, y los líderes si bien deben buscar prevalecer sobre su competencia, nunca deben tratar de eliminarla.

Para que exista esta ejercitación, los sistemas de liderazgo requieren de un 'rival' o hipótesis de conflicto. Si no lo tienen, entonces necesitan de un 'desafío' que les conduzca adelante. Si no poseen ninguna de estas dos cosas, se convierten en huérfanos dialécticos.

Irónicamente, hasta las organizaciones más poderosas pueden quedar huérfanas, y ni el conocimiento, experiencia o capacidad de sus integrantes podrán revertir esto sin un buen liderazgo que sea capaz de encontrar a un rival o a un desafío.

El peligro de intentar encontrar rivales reside en que en tal caso se parte de una situación en la que en sí no hay peligro alguno para el grupo, y el líder tratará de crearlo, puesto que la organización se encuentra inherentemente bien, y la aparición de una fuerza contraria no por mérito propio sino por una maniobra de líder constituye un acto que sienta precedentes peligrosos en cuanto a la demagogia y el control del pensamiento de las personas.




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