P. Edronkin

Las reestructuraciones eternas



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Hace un par de días, un amigo norteamericano que había vivido casi toda su vida en la Argentina y volvió a su país del norte unos quince meses atrás me escribió un mensaje de correo electrónico, comentándome que la compañía de telefonía móvil en la que trabaja ha hecho su segunda reestructuración en un año.

Me comentó que despidieron personal y que ahora los que quedan deben hacer por el mismo salario que antes casi el doble de trabajo. O sea que les redujeron en los hechos en un cincuenta por ciento el pago por su trabajo.

Hace algunos años yo era socio accionista de una empresa del ramo bioquímico que entre otros, tenía como cliente al estado argentino y particularmente al PAMI, el servicio de salud y atención médica para jubilados y pensionados del país.

Desde que se inició la era de las privatizaciones y el libre mercado en la Argentina hacia 1989, recuerdo que el PAMI se reestructuró por lo menos una vez cada año, denunció contratos y los volvió a firmar, despidió personal, volvió a contratar a otras personas, y causó un gran problema político por más de una década.

Tanto la compañía en la que trabaja mi amigo en los Estados Unidos, como así también el PAMI en la Argentina, terminaron igual o peor que cuando empezaron a reestructurarse, y por lo tanto debo comentar que desde el punto de vista de un analista de sistemas y estudioso de temas relativos al liderazgo, creo que esto es un síntoma de dos problema serios que todo líder que se precie de serlo debe evitar:

El primero es caer en las modas pasajeras; no es que las reestructuraciones, los cambios y las novedades estén mal. Por el contrario, es bueno cambiar pero no simplemente porque ideas novedosas lo dicen. Se debe cambiar para mejorar y sobre todo para evolucionar. Los cambios ausentes indican ciertamente obsolescencia, pero aquellos que ocurren con demasiada frecuencia indican inestabilidad e impericia.

Dicho de otra forma: el líder que somete a una organización cualquiera a cambios muy frecuentes sencillamente es malo porque no tiene una idea clara de a dónde quiere llegar o cómo puede hacerlo.

Todas las modificaciónes tienen un costo, y cambiar las cosas demasiado a menudo resulta ineficiente, política y socialmente perjudicial y muy peligroso porque no se le da suficiente tiempo a lo nuevo para que sea probado adecuadamente antes de que ocurra otro cambio.

Y la segunda cuestión es que las reestructuraciones se realizan casi con totalidad teniendo en cuenta solamente el corto plazo: una reestructuración 'queda bien' a los ojos de accionistas, políticos, organismos internacionales y otras especies. Pero cuando cambios fundamentales en una organización se hacen simplemente para quedar bien con otros o priorizando este aspecto, otras cosas se dejan de lado.

En nuestras sociedades hemos visto el resultado de quedar bien con toda clase de organismos nacionales, internacionales y extraterrestres: el desempleo ha aumentado, el delito se ha agravado, la usura financiera ha crecido, y la brecha entre ricos y pobres se ha hecho cada vez más grande, y esto no es único o característico de Latinoamérica solamente.

No hay emergencias eternas que justifiquen las reestructuraciones constantes; una vez, puede ser, pero cuando el mismo patrón se repite año tras año ello ya indica que se está cayendo en un modo de hacer las cosas que es sumamente perjudicial por numerosas razones, como lo prueba precisamente el caso de la Argentina, país que según el Fondo Monetario Internacional, en los años que van desde 1989 hasta el 2000 había sido ´ejemplar´ por su aplicación de las ideas económicas del neoliberalismo.

En resumidas cuentas, ser un líder significa no pretender quedar bien con todos, porque lo más probable es que no se podrá hacer nada, pero hay que buscar un equilibrio, porque si se pretende quedar bien con las masas o los subordinados, se corre el riesgo de la demagogia, y si se pretende quedar bien con los extranjeros, es probable que ello se convierta en un servilismo colonial al estilo de la 'nouvelle cuisine'; una brujería con nada de científico.

Ser un líder tiene que ver más con el desarrollo de una educación personal superior a la norma y con el hecho de abrir los ojos para ver lo que pasa en el entorno que con la toma de decisiones duras (principalmente para los subordinados, claro), o con una preocupación intelectualodie por las finanzas, el ´riesgo país´, las inversiones extranjeras y los mercados, o cualquiera de los ingredientes de las pociones que se cocinan en la magia de hoy en día.

De más está decir que mi amigo está harto de su trabajo, y que en mi caso, cancelamos nuestros contratos con el PAMI porque pese a ser lucrativos en teoría, en la práctica eran un desastre pues ellos los cambiaban unilateralmente todos los años.

El líder es el que planea a largo plazo, y no quien busca dejar contentos a los inversores bursátiles la semana que viene; no hay liderazgo si no hay un proyecto de largo plazo.

Por otra parte, quien prueba y prueba sin acertar - y eso es lo mismo que decir, quien reestructura una y otra vez - pierde legitimidad, y ello es precisamente lo que no debe perderse

Y todo esto quiere decir sencillamente que el auténtico líder no es aquel que compra un libro de bolsillo que esté a la moda y aplica esas ideas a su organización, sino que su autenticidad va de la mano de su originalidad y creatividad para ser lo que es y encontrar soluciones propias a los problemas propios.




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