Vida Cotidiana (I).



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Bs. As. ya no es lo que era antes, siempre pasa, el futuro cambia las cosas. Mugre ya no sólo en las bocacalles y containers abandonados; mal olor por todas partes, callejones podridos, fétidas cunas de aliens. Viviendas comunes, semi-fortalezas contra la urbana hostilidad exterior, refugio de televidentes en donde conviven o se toleran hasta cierto punto gente de toda calaña, de todas las formas y mutaciones mentales imaginada y no imaginada (esto último más frecuentemente).

Una calle apestosa que en otro tiempo seguramente tenía el nombre de algún prócer, ahora olvidado. La cruza una vía abandonada ya casi desdibujada por la capa de tierra y basura acumulada por el tiempo. En esa intersección, como en muchas otras, se alza uno de los conventillo-edificios que caracterizan la arquitectura y cultura decadente del tercer mundo.

Hacia allí me dirigía cansado, bajo la tenue y mortecina luz de un sol de mediodía que ya casi no alumbra por culpa de quien sabe cual de los tipos de contaminación ambiental, innumerables e incontrolables.

Esquivando los desperdicios y los mendigos, tratando de no inhalar demasiado profundo para no ensuciar mis pulmones, entré en el pequeño cuarto de dos por dos que hacía de recepción. Cerré rápidamente la puerta tras de mí deteniéndome un minuto a observar a un inquilino borracho tirado inconsciente a mis pies, quizás ahogado ya por su propio vómito, la mayor causa de muerte según las estadísticas.

Pasé por encima del beodo desparramado dando un largo paso y me dirigí al viejo y destartalado ascensor. Tengo la convicción de que las escaleras son más que inseguras, sin dejar de lado que vivo en el piso 28 y no me agrada hacer ejercicio.
Cuando ya había apretado el botón del ascensor correspondiente a mi piso, y las puertas se cerraban, unas manos las detuvieron. Entraron sin decir palabra, eran tres. Iban cargados, algún robo de última hora. Me miraron mal pero pronto apartaron la vista, uno de ellos se limitó a marcar el piso al que iban. No tenían por costumbre molestar demasiado a la gente de su propio edificio, así solían evitarse problemas "locales".

La Patagonia.




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