Vida Cotidiana (II).



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El elevador cerró sus puertas, produciendo su particular sonido chirriante, y comenzó a ascender. Yo miraba a ninguna parte, como se suele hacer cuando no se quiere entablar ningún tipo de comunicación. Ellos, al parecer, hacían lo mismo. Se oía el ruido metálico, monótono y repetitivo, casi hipnotizador, que producía el ascensor al desplazarse toscamente por sus rieles, haciendo un chasquido cada vez que atravesaba un piso, intercalado irregularmente con un crujir de las cables viejas que tiraban con esfuerzo de su pesada carga. Tales decibeles industriales no dejaban lugar a que se oyeran nuestras respiraciones, ni siquiera los latidos de mi propio corazón, todo era acallado por el ruidoso entorno, que en la práctica tenía el mismo efecto que el silencio, me permitía replegarme sobre mi mismo.

Las puertas del ascensor eran herméticas y, por tanto, no permitían ver el interior de los pisos que iban pasando, aunque no nos perdiéramos de mucho, pues ninguno de los pasillos de los mismos estaba iluminado gracias al bendito ahorro de energía que se había implementado desde hacía tantos años, ya no me acordaba cuantos, ya nadie se acordaba. Por supuesto no había ventanas, no existían para evitar los asaltos y, aunque las hubiera habido, la tenue luz solar que atravesaba nuestra artificialmente espesada atmósfera no alcanzaría para iluminar más de medio metro. El ascensor disponía de una pobre lamparita y para economizar energía sólo podía ser usado para subir, bajando luego sin pasajeros casi a una velocidad digna de una caída libre.

Por eso, aunque ninguno lo demostrara, nos sorprendió que nuestra marcha se detuviera, aproximadamente a la mitad de mi destino. Las puertas se abrieron chirriando lentamente. Era muy raro que alguien llamara el ascensor desde algún piso, lo usual era transportarse de la planta baja hasta el piso que fuera, no entre un piso y otro.

La Patagonia.




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