Vida Cotidiana (IV).



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La oscura mancha roja se fue expandiendo lentamente mientras se colaba por las rendijas; empezando a gotear por el ducto del ascensor, produciendo un golpeteo opaco he irregular con sus pesadas gotas. La chica yacía inerte. Nadie hizo nada por dos segundos. Nadie hablo, nadie se movió, nadie pensó, por dos segundos, sólo por dos segundos, eso es lo que duró la contemplación de la muerte, algo tan cotidiano, lo más cotidiano.

Dos segundo pasaron, las puertas del ascensor fueron cerradas rápidamente con un estruendo por mis compañero de viaje. Otros dos segundo, lo que las sucias y viejas poleas y motores tardaron en reaccionar, y ya estábamos en marcha. Salvo el nuevo color del piso nada indicaba en nuestros rostros y actitudes que algo nos hubiera detenido, que algo hubiera ocurrido. Seguían las miradas fijas y esquivas hacia ninguna parte: cero comunicación, cero problemas, cero interés por algo, cero atención, mucha tensión.

Debiera haber seguido todo así hasta que llegáramos a nuestros respectivos pisos. Cada uno se debería haber alejado por su lado sin comentarios. Nada habría pasado. Nunca nos habríamos conocido, ni siquiera de vista (haber mirado a alguien significa ser un testigo). Pero no. Lo normal se nos manifiesta siempre, hasta que se revela en un punto en donde sólo puede interpretarse como anormal. Hasta para la más mediocre voluntad, a veces, la más absurda regla pasa a ser, como mínimo, una indiscutible excepción. Este fue el caso, ninguno se salvó de la sorpresa.

Sucedió tan rápido que necesariamente todo tipo de relato, o intento de descripción, relentifica la acción casi en un grado infinito. Fue todo tan veloz que la sorpresa no llegó a dar paso a la reacción, se quedó congelada ahí, ante lo inesperado.

El ascensor frenó y las puertas se abrieron, todo en un sólo instante, con un golpe violentísimo.

El rostro de la chica, sanguinolento y deformado, volvió a aparecer, pero esta vez con sus ojos inyectados saliéndose de sus órbita, solo podía reflejar venganza...

Yacían inertes. No hice nada por dos segundos. No hablé, no me moví, no pensé, por dos segundos, sólo por dos segundos, eso es lo que duró la contemplación de la muerte, algo tan cotidiano, lo más cotidiano.

La Patagonia.

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