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Su espera no duró mucho. Cuando parecía que el nuevo y único sendero que había tomado, por ser el único posible, era absorbido por el bosque que lo rodeaba, se dio cuenta que al mismo tiempo el bosque llegaba a su fin dejando su lugar a un claro en el que se agrupaban algunas casas dando la apariencia de una aldea. Y aparecieron ante sus ojos las personas que la habitaban...“¿Sabes que es decir verdad, sabes que es decir mentira?”, esa frase retumbó en su mente en ese preciso momento, como una alarma de un despertador que sólo lo afectaba a él ya que estaba puesta para sonar y sacarlo de su sopor frente a una conjunción determinada de percepciones, de situaciones y creencias. Y a partir de ese momento no dejó de acosarlo. Como si gracias a un impulso inicial ese frase de despertador se hubiera quedado rebotando contra las paredes interiores de su cráneo, produciendo un infinito eco en su cerebro embotado. Era algo más que una frase molesta, era un significado que lo impulsaba a seguir, a calmar su incertidumbre, y aunque hacía poco no hubiera sabido que preguntar primero, ahora sólo una pregunta daba vueltas en su cabeza, haciendo fuerzas por salir.

- ¿Sabes que es decir verdad, sabes que es decir mentira?, dímelo si lo sabes, y luego hablaremos.
Hacia esta pregunta dirigida hacia el grupo de aldeanos que se congregaba alrededor del extranjero recién llegado, no hubo más que indiferencia mezclada con saludos en una lengua extraña pero, curiosamente, familiar y totalmente comprensible para el caminante.

Hacia esta pregunta dirigida hacia el grupo de aldeanos que se congregaba alrededor del extranjero recién llegado, no hubo más que indiferencia mezclada con saludos en una lengua extraña pero, curiosamente, familiar y totalmente comprensible para el caminante. A esta indiferencia, y olvidando los saludos de cortesía, contestó inconscientemente con la misma pregunta, que se le imponía como la única cuestión a la que debía dar solución para encontrar alguna paz, como el único, el fundamental y esencial dilema de su existencia que le urgía resolver sin pérdida de tiempo. ¡Cómo iba a pasar por su cabeza el preocuparse por la cortesía!
A su ininterrumpida repetición de la pregunta, que ellos evidentemente comprendían pues él hablaba su mismo idioma; por fin respondió uno de ellos:
-Ah!, viejo -él, sin embargo, no tenía más de 20 años, eso creía al menos- no nos vengas con preguntas sobre economía o, en todo caso, no-filosóficas. Seguinos a nuestra ciudad, pueblo, caverna, en la que no vive ninguno de nosotros.
Antes de que pudiera pronunciar palabra, otro de ellos, el más adelantado del grupo, le habló y dijo:
- Hola, ¿quien sos?,dejá, no hace falta que me lo digas, veo que, ya que no venís de fuera, y que no sos extranjero perteneces a nuestro pueblo. ¿A ustedes que les parece?
- A mi me parece que estas en lo cierto
- A mi también.
- Y a mi también.
- Y a mi.
 Repitieron uno tras otro los demás. Dicho esto se alejaron como si me conocieran de toda la vida, sin prestarme la más mínima atención y sin dignarse a despedirse.

La Patagonia.




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