Expresión de Sicenridad (II).



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Todo tiene un límite, hasta los oídos. La saturación acústica, como comprobé, también existe, ¡y como! La misma nos arrastra, por ser la más difícil de evitar, a tomar decisiones drásticas.
Dos horas, todos los lunes, miércoles y viernes. Tres veces por semana. Doce días al mes. Ciento cuarenta y cuatro días al año, de los cuales doscientas ochenta y ocho horas, me veía sometido a escuchar ese torturante sonido marchoso digno de una discoteca y de todo infierno de cinco estrellas que se precie de ofrecer un servicio acorde a sus clientes: "Tímpanos calcinados al fuego lento, condimentados con un abundante espectáculo de decadencia humana". Doscientas ochenta y ocho horas al año una recopilación de los peores cuerpos femeninos de la zona se reunían en el escenario del patio de comidas del Shopping, justo frente al kiosco donde trabajo, para hacer gimnasia rítmica gratis por "cortesía de la casa", moviendo sus torpes cuerpos con el único fin de fastidiarme evitando mi abstracción de la decadencia que me rodea.

Concedo que quizás no hubiera llegado a tales extremos si no fuera alguien que frecuenta amigos que, a su vez, frecuentan amigos que, a su vez, tienen conocidos y una larga cadena de etcétera que termina en las personas que me proporcionaron el tipo de arma que andaba buscando, la que me permitió ser honesto con mi prójimo. Hay que tener en cuenta que en ciertos casos siempre es peor reprimir los sentimientos que dejar que salgan a la luz.
Sabiendo esto, entendiendo esto, no se me puede criticar por mi decisión. A fin de cuentas uno tiene que jugarse por su salud psicológica. No me arrepiento de lo que hice, me considero un tipo responsable, que se hace cargo de sus acciones. Hay que hacerse cargo de la libertad que se posee.

Que me dieran cadena perpetua, de acuerdo con las leyes vigentes, es razonable. Imagino lo que la presión de la opinión pública debe significar para un juez. Pero si se hubiera tomado en serio por un momento mis razones debería haberme dejado libre y, encima, haberme pedido disculpas por lo que tuve que pasar.

Aunque sabía lo que me esperaba por tener el pleno dominio de mis facultades, no vi el inminente desenlace como un sacrificio, sino más bien como una necesidad; y si lo fue, valió la pena. Nada es comparable a esa situación de quietud que precede a los momentos de destrucción total, ese calmante silencio postapocalíptico que acompaña a la nube de polvo que, flotando, disminuye la luminosidad del entorno. A ese día domingo en que Dios se hecha una siesta panza arriba con la satisfacción del deber cumplido, con el orgullo de haber producido algo tan maravilloso e inexplicable como es la muerte. Esa atmósfera que parece durar una eternidad y que se quiebra con el nacimiento del diablo o con el cada vez más cercano ulular de las sirenas de los bomberos, las ambulancias y la policía.

No fue cuestión de una pérdida de paciencia, sino de un arrebato de sinceridad. Un pequeño desliz de la careta. Después de todo ¿qué otra cosa podía hacer más que sacar mi bazooka y volarlos a todos en mil pedazos?

La Patagonia.

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