El Gea

Sobre la complejidad de educar en valores (XII).

Por Juan Ramón Tirado Rozúa, José Luis Ramírez, Aldo Mazzucchelli, Gustavo Lubatti, Cora y L.


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Para saber qué es lo que le mueve a uno a elegir una manera u otra de obrar no basta con un esquema fácil como el decir: elijo lo que más me gusta o lo que me produce más placer. Así conciben los economistas a su modelo de homo oeconomicus. Pero investigando cada uno su fuero interno las cosas son más complicadas. Se trata de una introspección fenomenológica donde ya no se trata de lo verdadero, sino de lo innegable. A lo mejor estoy soñando que escribo, pero si negara que mi conciencia en este momento me revela que estoy escribiendo, mentiría. Yo no sé si tengo libertad de acción, lo que sí sé es que en cada momento tengo que decidir si me rasco la cabeza o me toco la narices. En las situaciones más importantes a veces, te digo la verdad, preferiría que eligiera otro por mí. Eso de elegir no es siempre tan satisfactorio como pretendemos. Y yo no elijo siempre lo que me es más agradable. Me veo obligado a sopesar una serie de elementos y fuerzas contrarias para decidir el camino a seguir. Esa deliberación no es ya ni por lo lejos semejante al razonamiento lógico de la ciencia, que tú pretendes poner como modelo del actuar. Hay una lógica sí, pero hay que buscarla más bien en la retórica que en la llamada lógica.

En cualquier caso, los valores elegidos son los que originan una nueva realidad creada por el hombre, una realidad que sin él no habría tenido acceso a la existencia. No se puede confundir la valoración con el desarrollo natural y causalista advertido en el entorno natural prehumano. Por supuesto que los animales también actúan y se ven movidos por instintos. Pero el ser humano tiene lógos, no sólo para deducir, sino para aprobar y condenar, planear y efectuar.

Naturalmente que puedes seguir negando los valores y disimular creyendo que tus acciones se eligen solas. También había quien había escrito en prosa toda su vida sin saber lo que era la prosa.

La felicidad en sentido aristotélico (la eudamimonía) no es una meta a la que llegar para dormirse en los laureles, sino una actividad a alcanzar y en la que mantenerse y desarrollarse. El télos aristotélico que se presenta como un fin es en realidad aquello que da sentido a algo desde su comienzo.

De lo que sea la "verdad" habría que hablar aparte, como ya propuse hace unas cartas.

Un saludo cordial
José Luis Ramírez





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