El Gea

Sobre la complejidad de educar en valores (XIII).

Por Juan Ramón Tirado Rozúa, José Luis Ramírez, Aldo Mazzucchelli, Gustavo Lubatti, Cora y L.


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José Luis Ramírez escribió:

L., Aldo, Cora:

Vuelvo a un tema que se trataba hace una semana y que ha derivado en otras cosas.

A veces cuanto más tratamos de acláranos más logramos embrollar el asunto. Sería interesante saber si Cora, que es quien inició el tema del valor, opina que se han aclarado las cosas de algún modo.

Muchos problemas de la filosofía son en realidad problemas de lenguaje. Y un problema constante del lenguaje, en particular cuando hablamos de valor, es la concepción esencialista que impregna nuestro lenguaje actual e implica el hecho de que "valor" sea un sustantivo. Si concebimos el valor como un algo, como una cosa o referencia externa a la acción, entonces no nos entenderemos. Ese es el problema de las éticas al uso que o son deontológicas, instituyendo la regla como patrón de lo bueno, o son utilitaristas, midiendo lo bueno con el resultado. Lo cual es una petición de principio. Pues si un resultado se persigue porque es bueno, nos falta saber qué es lo que lo hace bueno. En vez de una respuesta lo que se crea es una nueva pregunta, como en la respuesta gallega típica: "¿Cuánto gana usted?" -"¿Y usted?"

Podemos calcular un resultado, pero no el valor de bondad de un resultado. "Sólo un necio confunde valor y precio".

La concepción del valor como un algo definible tiene su precursor más importante en Platón. Para él la bondad era una cualidad como otra cualquiera y lo bueno era un adjetivo comparable a lo verde. Por eso para él quién sabía qué era el Bien era automáticamente bueno. A lo cual le objeta Aristóteles que "naranjas de la China", que lo bueno no es ninguna cualidad objetivable sino un predicado referido a lo que algo significa para la vida o para la intención humana y que varía de un caso a otro, según esa analogía de la que Aristóteles habla en varias ocasiones. Lo bueno es algo adverbial, no adjetivo, un "cómo" más bien que un "qué". Por eso no hay una medida objetiva de la bondad, sino que cada situación exige una decisión propia. La casuística jesuítica fue un intento de determinar la bondad o maldad lo más cerca posible del caso concreto. Pero eso no es posible. La bondad es una manera de actuar que depende del carácter y de la habilidad, según el tipo de bondad de que se trate.

Creo. en efecto, que quien nos facilita los mejores instrumentos para entender el problema del valor y de la ética es Aristóteles. Si no se lo lee a medias o poniéndose las gafas del "o lo uno o lo otro, pero no ambos" que es el principio práctico usual del tercero excluido.





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