El Gea

Sobre la complejidad de educar en valores (XIV).

Por Juan Ramón Tirado Rozúa, José Luis Ramírez, Aldo Mazzucchelli, Gustavo Lubatti, Cora y L.


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El cálculo de lo bueno de que habla L. es algo que afecta al bien hacer, a la poiesis. Si nos proponemos realizar o producir algo, entonces tenemos que elegir los medios o métodos adecuados para lograr ese fin propuesto. Eso se llama efectividad. No todos los medios conducen a un fin. Elegimos el que nos parezca más directo, más económico, etc. En ese sentido hay un cálculo semejante al cálculo científico. Sabemos que A conduce a B, luego si queremos obtener B debemos aplicar A. Pero esto no nos responde a la pregunta de porqué queremos obtener B y no otra cosa, que es el problema de la bondad, no de la verdad. El dar preferencia a B frente a otros fines propuestos (C, D o H) se basa en que consideramos B como algo deseable, bueno. Bueno para qué? Para el hombre y sus necesidades o anhelos vitales. Decir que el resultado es lo que mide la bondad, que es la tesis del utilitarismo, es una petición de principio. Lo que el hombre se propone como fin no se resuelve en un cálculo objetivo, sino en una deliberación sobre lo que queremos. Si lo que queremos es asesinar a alguien, lo hacemos luego lo mejor posible, porque ser criminal no es lo mismo que ser idiota. La perfección de la razón instrumental es Auschwitz. Pero esa bondad instrumental no nos explica porqué hemos elegido ese fin.

Frente a la bondad de los medios sigue cuestionándose la bodad del propio fin a alcanzar. Eso nos lleva a transcender del terreno del mero hacer al terreno que llamaríamos, a falta de término moderno, del obrar. "Obrar" no es una palabra muy adecuada. Todo se debe a que en la lengua moderna hemos perdido la diferencia aristotélica entre poiesis y praxis. Lo que llamamos praxis o práctica es en realidad lo que Aristóteles llamaba poiesis (el hacer productivo). La palabra poiesis quedó recluida en la poesía, cosa que ya estaba sucediendo por sinécdoque en tiempos de Platón, como atestigua El Banquete.

La praxis no es otra cosa que la determinación de lo que es bueno para el hombre, es decir el bien ético. Y como el hombre es un animal social, la determinación de lo éticamente bueno no es un cálculo sino una mera deliberación, un diálogo. Y el arte de la deliberación es, como sabemos, lo que estudia la Retórica. He aquí cómo ética y Retórica "convertuntur", se determinan mutuamente. La deliberación ética es lo que para Aristóteles constituye, en el terreno público, la política, es decir la actuación ciudadana. Y no hay cálculo objetivo alguno, ya que la decisión de lo que sea bueno o malo para el hombre es producto de una determinación intersubjetiva en la que lo externo y dado se valora. Por eso, aunque los hechos científicamente constatables sean externos y objetivos, el ser humano tiene la posibilidad de negarles su valor para el hombre y de intentar destruirlos. La enfermedad se considera un mal y se combate. Al combatirla se utilizan los conocimientos calculativos y científicos (la medicina, por ejemplo). Esto es lo que Hegel llamaba "astucia de la razón" y lo que Bacon llamaba "Saber es poder". Pero el que combatir la enfermedad presuponga un conocimiento de lo científicamente admitido como verdadero, no da respuesta al por qué combatirlo. En una situación especial podemos decidir no hacer nada y dejar a la naturaleza que siga su curso. Por muchas vueltas que L. le dé a todo esto, no nos puede mostrar ningún cálculo ético objetivo.





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