El Gea

Sobre la complejidad de educar en valores (XVI).

Por Juan Ramón Tirado Rozúa, José Luis Ramírez, Aldo Mazzucchelli, Gustavo Lubatti, Cora y L.


Los más populares

Equipo para la Aventura

Supervivencia

Deportes Extremos y Tradicionales

Viajes y turismo

Fotografía y Video

Cursos

Ecología y Jardinería

Subastas

Vehículos

¿Buscando Empleo?

Energía verde

Lo que sin embargo algunos dirán es que esas decisiones que toman los hombres también son resultado causal de su forma de ser, de su temperamento, sus pasiones, etc. Cosa sumamente indemostrable. Nadie niega que tenemos impulsos naturales que nos mueven en sentido diferente del que racionalmente queremos. Aristóteles le llamaría "alogos", que no es propiamente irracionalidad, sino lo que procede aparte de lo racional. Y también habla de la "akrasía" o tendencia a dejarse llevar por impulsos bajos o cortos de mira. "Meliora video proboque, deteriora sequor". Estamos bajo el impulso de las pasiones y los intereses inmediatos y personales. El placer del momento me hace dejar a un lado las consecuencias posteriores. "Que me quiten lo bailado", dice alguno. Pero todo esto demuestra que el ser humano se halla constantemente obligado a reflexionar y elegir y a asumir las consecuencias de ello. Se podrá decir que no hay libertad humana, pero mi fuero interno me dice que me veo obligado a decidir en cada momento. No a obrar libremente con libertad absoluta, sino a elegir entre lo que es posible para mi. La libertad humana es simplemente la obligación de elegir.

Se plantean aquí todavía dos cuestiones. La una, en la que parece que entraba Aldo es si la decisión es racional o simplemente personal, intuitivo o emocional. Y la otra si la admisión de una decisión racional no es un cálculo y por ende una reducción a la verdad.

La intuición no se opone, por supuesto, a la razón. Son dos facultades diferentes y complementarias. Sin intuición no habría razonamiento, pues éste tiene que partir de algo. Pero el ser humano es un ser social y mi actuación depende no solamente de los hechos que estudia la ciencia, sino también de la actuación "libre" de los otros seres humanos. La ética no es una ética del yo, sino una ética del yo-tú. La ciencia deja a un lado el yo-tú y se centra en el ello. La elección de lo bueno no es simplemente una elección de lo que es bueno para mí. Pues si cada uno obra sólo para sí mismo, el resultado es que nadie logrará sus fines. La sensatez me indica que debo saber qué opina y qué quiere el otro para poder decidir juntos una manera de actual que nos favorezca lo más posible a todos. Eso es lo que hace necesaria la deliberación, el diálogo, el arte retórico. Con lo cual ya transcendemos de la intuición y entramos en el terreno del logos. Pues el logos no es más que el uso de la facultad de la palabra para externalizar nuestro sentimiento interior y compartir el del otro. El identificar el logos con la razón es una reducción. Lógos significa "ratio et oratio", como decía Cicerón. El logos aristotélico, tal como lo presenta en el trozo de la Política al que tantas veces he aludido, no es una averiguación de la verdad, sino una deliberación con los otros sobre lo que nos conviene o no nos conviene, un diálogo que no es un duólogo sino una comprensión "a través del lenguaje" (dia-logos). Las palabras en sí no dicen nada, son solamente el medio que hace comun-icarse a mi sentido y a tu sentido. Uno de los problemas de L. es la identificación de la ciencia con la formulación lingüística, que es lo que hacen también los que confuden la verdad con la expresión lingüística. Lenguaje sí, palabras no.





El Buscador para los amantes de la vida al Aire Libre © - Andinia.com ©