El Gea

Sobre la complejidad de educar en valores (XVIII).

Por Juan Ramón Tirado Rozúa, José Luis Ramírez, Aldo Mazzucchelli, Gustavo Lubatti, Cora y L.


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No sé si estoy totalmente de acuerdo con algunas cosas que podrían desprenderse del modo como lo presentas. Me parece interesante profundizar el rol de la Retórica aqui. Veamos, y me corregirás si me equivoco.

Tu frase parece decir esto: que el bien es de determinación discursiva (lograr un estado de pístis sobre qué es bueno) a través de una deliberación colectiva (política) que excluye la invocación de una verdad en si (oposición en este caso entre convicción como pistis y verdad como episteme).

De acuerdo con eso estoy, como argumento, para mostrar las fallas de la argumentación de L., o sea, de acuerdo como ejercicio retórico.

Pero, sin embargo, ya no estaría totalmente de acuerdo en el rol determinante que la Retórica parece tomar aquí. En el fondo, alguien podría objetarte que la retórica pasa aqui a sustituir a la ciencia en la determinación de lo bueno. Y yo creo que es importante que se vea que no es la retórica el campo de determinación de lo bueno, sino que es la técnica para crear un adecuado teatro de reflexión y argumentación colectiva sobre ello... La ética es una dimensión QUE CONDICIONA lo retórico, está "antes" jerárquicamente.

Demostraré esto, que me parece crucial, citando a Aristóteles.

Aristóteles desarrolla y, como es sabido, también se aparta de la concepción platónica de la retórica. El admite que la retórica es una tejné, como él mismo lo dice en los comienzos de su tratado homónimo.

Esa dimensión es interesante para lo que nos ocupa, pues hace de la eficacia argumental una capacidad de algun modo especifica, no totalmente dependiente de la bondad de los argumentos.

Por ello Aristóteles mismo se justifica al decir que hay que enseñar también las formas de argumentar deshonestas, no para emplearlas, sino para saber reconocerlas en el mal intencionado... Ya se ve que la Retórica de por si no puede servir para determinar el bien. En eso, el Platón del Gorgias no andaba tan descaminado como la facilonga obsesión antiplatónica (no es tu caso, JL) que nos inunda parece querer...





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