El Gea

Sobre la complejidad de educar en valores (XXXI).

Por Juan Ramón Tirado Rozúa, José Luis Ramírez, Aldo Mazzucchelli, Gustavo Lubatti, Cora y L.


Los más populares

Equipo para la Aventura

Supervivencia

Deportes Extremos y Tradicionales

Viajes y turismo

Fotografía y Video

Cursos

Ecología y Jardinería

Subastas

Vehículos

¿Buscando Empleo?

Energía verde

”Pero puede convertirse también en una técnica y así lo hacen aquellos que reducen la retórica a un mero arte de convencer de cualquier cosa, no un arte y una ciencia del hablar. Si la retórica se reduce a uno de los tipos posibles de discurso, entonces falta todavía la ciencia y el arte general del lenguaje. Esa ha sido la tragedia de la tradición retórica, el no ver que con su reducción faltaba una rama importante del saber.

Aldo parece dudar, como tantos otros, del carácter incorrupto de la retórica. ¿No es verdad que la retórica sirve tanto para convencer de lo bueno como de lo malo? Dirá.”

No es que dude. Estoy seguro, igual de lo que lo estaba Aristóteles (en esto soy un modesto seguidor, nada más). Lo cual no me hace rechazar por ello a la Retórica, sino al contrario. Y por las mismas razones que Aristóteles. Ya he citado lo que Aristóteles dice en mi último mail, no es prudente repetirlo. Aristóteles sabe (cualquiera sabe) que una Inventio malintencionada pero ingeniosa, y una Dispositio y Elocutio acordes, son capaces de suscitar la pistis acerca de la mentira, de la maldad, etc.

La única justificación para enseñar esta tejné de la persuasión es que, si existe un arma, es mejor que la tengan "los buenos". 
Ese es el primer y último argumento para la enseñanza retórica. Y notemos que eso hace incapaz al arma de ser la definitoria de lo que lo bueno sea. Hay que ser buen cocinero, pero ser buen cocinero, en un principio, lo define la comida que hacemos. No es la técnica del cocinero la que define el gusto de la comida, como no es la velocidad del guitarrista la que define la calidad de su interpretación. 
Una interpretación es juzgada buena o mala, y luego se explica "por qué" se la juzgó así.

Esto no es como el tema del huevo y la gallina, no. Aquí se sabe qué está primero: antes de que yo le diga si es usted un buen cocinero, usted tendrá que mostrarme la comida que prepara... O sea, antes que alguien pueda ser considerado un buen retórico, voy a juzgar la calidad de su discurso, y para ello la actitud respecto de lo bueno que ese discurso exhiba es decisivo. Pero lo bueno no surge del discurso, sino de la actitud. Aristóteles está de acuerdo en esto, ayer lo cité, y hoy lo hago por segunda vez: "Sin embargo, la sofística no reside en la facultad, sino en la intención". (Ret. 1355b)





El Buscador para los amantes de la vida al Aire Libre © - Andinia.com ©