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Sobre lo humano (¿o sobre Dios?) (IV)



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¿Y entonces, se me dirá, tal vez, si el hombre posee tan alto valor, porqué negarle la autonomía necesaria para poner fin a su vida si así lo desea?

Porque, precisamente, ese altísimo valor, el hombre no se lo ha dado a sí mismo, sino que lo ha recibido como un valor que debe ser custodiado y desarrollado, no suprimido.

 El ser humano es un don, continuo, para sí mismo.

La raíz de la filosofía es el asombro, dijeron Platón y Aristóteles. Mientras no sepamos admirarnos de la grandeza del hombre, no vamos a comprender el valor intrínseco, objetivo, de la vida humana.

Y esto no quiere decir que los animales no puedan ser también objeto de admiración filosófica. Todo lo que existe es admirable, porque el solo hecho de existir, para empezar, trasciende infinitamente la no existencia, y es algo absoluto. Y porque en definitiva, sabemos lo que queremos decir cuando decimos que algo existe, pero si queremos expresarlo en forma rigurosa, nos abisma el misterio inefable del ser.

Y por encima de la maravilla de la existencia, el animal además posee la vida y la sensibilidad. Otros dos misterios inmensos que se agregan al misterio primario y elemental del existir. Pero el hombre, además de todo eso, posee el misterio escalofriante de su trascendencia respecto de todo lo material, de su afinidad espiritual con el Todo. Microcosmos, decían los antiguos. Persona, dijeron los cristianos. Imagen de Dios.

Y hay noticias, además, para los que esperan una evolución que trascienda lo humano. No hace falta, lo humano ya ha sido "trascendido" desde el primer instante de la Creación, pues el orden de los espíritus puros, subsistentes, sin materia, trasciende completamente, y no sólo en parte, como el hombre, al universo material, y representa el lado puramente espiritual de la Creación de Dios. Pero es cierto que esta verdad de fe, a diferencia de la existencia de Dios, no puede ser demostrada filosóficamente.

Finalmente, por encima de todos esos misterios finitos, y en el origen de todos, el Misterio subsistente, eterno, de Dios, que trasciende toda palabra, todo concepto, todo pensamiento humano o angélico, del cual venimos, y al cual vamos.

Saludos cordiales

Néstor Martínez





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