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Fanáticos suicidas, pero no tontos (I)



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Habitualmente se asocia el fanatismo y las posiciones extremas, amorales, sanguinarias, crueles o impiadosas con la irracionalidad, la estupidez o la locura de los que las llevan a cabo. Es este un tremendo error con nefastas consecuencias.

Antes del la segunda guerra mundial y el genocidio llevado a cabo por Hitler y sus seguidores nazis, muchos pensadores aún sostenían que la “actuar éticamente es actuar de acuerdo a la razón”.

La locura es, por cierto, algo quizás imposible de definir en forma unívoca; lo mismo, lamentablemente, ocurre con la idea de “racionalidad”.
Podemos igualmente determinar algunas características propias de la racionalidad, y contrarias, por tanto, a acciones llevadas a cabo en ausencia de ella. La racionalidad implica el poder de calcular, de ordenar, de sacar conclusiones tendientes a un fin determinado, a un objetivo, dándole un sentido global a las acciones llevadas a cabo por tal ser racional.

La constatación de que Hitler había actuado de forma racional al matar a los judíos, es decir, luego de definir a tal “raza” como perjudicial para el “pueblo alemán”, considerándolos menos que animales y un potencial peligro para los suyos, decidió exterminarlos. Por supuesto, su conducta fue absolutamente aberrante y reprobable, pero desde un punto de vista moral y ético.
Para asesinar a los miles de judíos víctimas del holocausto, al igual que ocurre con la manutención de cualquier guerra, fue necesario que una “maquinaria racional” fuera puesta en marcha para encargarse de administrar tan macabra empresa:

- Cuántos vehículos son necesarios para trasportar a las futuras víctimas, 
- cuántos guardia son necesarios para custodiarlos.
- Cuánta comida es necesario suministrarle mínimamente a los prisioneros para mantenerlos con vida hasta determinado momento.
- Cuánto volumen de gas es necesario para exterminar a una “x” cantidad de personas, 
- de que tamaño debe ser una fosa común para albergar a un determinado número de muertos,

Estas son algunas de las cuestiones que ineludiblemente tuvieron que decidirse de forma racional, por personas en el pleno uso de sus facultades mentales.





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