¿Quién quiere utopías? (I).

Por Nieves y Miro.


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Hoy día, para muchos, el problema no radica en como realizar nuestras utopías, sino mas bien, en como prevenir su realización final, en como retornar a una sociedad no-utópica, menos perfecta y más libre. El universalismo modernista, al reemplazar a Dios por la razón, re-ocupa nuevamente el terreno de la aspiración pre-moderna de representar y dominar completamente la totalidad de lo real, expresándose en el ámbito político como una serie de construcciones utópicas de una futura sociedad completamente reconciliada. Después de las experiencias y experimentos sociales del siglo pasado, voces empiezan a surgir alertándonos del peligro contenido en la idea de un mundo perfecto, ordenado y regimentado. La utopía se ha transformado en distopía. Una diferente sensibilidad empieza a asomar, con una nueva apreciación de la finitud humana, junto con una creciente sospecha de todo proyecto político grandioso basado en metas narrativas. Es la crisis de la imaginación utópica... ¿Es esto algo que debemos lamentar o algo que llama a la celebración?

Todas las utopías intentan negar lo negativo... en la existencia humana. Es lo negativo en esa existencia lo que hace a la idea utópica necesaria (Tillich). No es extraño que la necesidad por el significado utópico surja en periodos de profunda inestabilidad e incertidumbre, cuando los antagonismos y dislocaciones sociales alcanzan su máxima tensión. En ese momento, la utopía se presenta como una posible respuesta a la negatividad siempre presente, al conflicto permanente que constituye la experiencia humana, proporcionando a la acción política una fuerza motivante primaria, junto con la expresión del deseo por mejores formas de existencia. Proyecta imágenes de comunidades humanas futuras en las que las contradicciones, el mal y los antagonismos serán resueltos logrando, finalmente, un mundo reconciliado y armónico. Es esta resolución ultima lo que constituye el corazón mismo de la promesa utópica... pero no sin un precio. Como un mismo utopista dijo, lo que se expulsa por la puerta retorna por la ventana.

La naturaleza profundamente problemática de las políticas utópicas se revela en el hecho de que su fantasía produce inexorablemente su reverso que llama por su eliminación. A su lado beatifico siempre se acopla su lado horripilante, su necesidad paranoica por un victima portadora del estigma. La promesa del dominio absoluto de la totalidad de lo real, la visión que proclama el fin de la historia, creo necesariamente su propio sobrante, aquella particularidad que permanece fuera del esquema universal. Y es dentro de esta visión utópica donde la existencia de esta particularidad se transforma en el agente diabólico, en la figura del enemigo. La eliminación del desorden y la contradicción dependerá, consecuentemente, de la eliminación del grupo estigmatizado con resultados siempre escalofriantes... persecuciones, torturas, hogueras, masacres, holocausto. No es necesario agregar que, como resultados de todos estos crímenes, la fantasía utópica nunca ha logrado su realización. La genealogía de esta producción maniquea es posible seguirla desde la caza de brujas e infieles hasta el anti-semitismo moderno, culminando hoy en día con la mutua negación fundamentalista... la lucha entre el bien y el mal... el eje diabólico... la depravación occidental.





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