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Para dejar de fumar no hay excusas (III)



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Sin embargo, sin olvidarnos de estos hechos innegables, hay que elegir entre dos posturas fundamentales. Hay que tomar una decisión respecto de una cuestión que sin duda podríamos calificar de filosófica. Hay que responder a una simple pero complicada pregunta que puede formularse de muchas maneras diferentes:

¿Soy o no dueño de mis actos?

¿Soy acaso un juguete de las multinacionales del tabaco? ¿Ellos me dominan a su antojo?

¿Soy o no libre de elegir lo que quiero?

¿Soy acaso una marioneta del “qué dirán”? ¿Mis “amistades” deciden por mi?

¿Dispongo o no de voluntad?

¿Soy acaso una máquina biológica que se guía por aquello que me dice la publicidad? ¿Consumo porque ellos lo quieren?

¿Dispongo o no de libre albedrío?

¿Arruino mi salud para que otros se llenen el bolsillo porque “no puedo evitarlo”? ¿O soy el último eslabón de un sistema perverso que me utiliza PORQUE YO QUIERO?

¿Sé defenderme por mí mismo o soy un cobarde que depende de otros para tomar decisiones?

¿El estado o cualquier otro tipo de organización deben decirme lo que hacer, deben “prohibirme”, deben “advertirme”, deben “protegerme”? ¿Es que soy una oveja que sólo sobrevive gracias a los cuidados de su pastor?

Ni el que les escribe, ni nadie es dueño de responder a estas preguntas de forma universal, englobando en ellas a todos los que fuman. Creo que cada persona, y en este contexto en particular cada fumador, debe responderse estas cuestiones con franqueza y valor, con sinceridad, afrontando las consecuencias. Lo primero, como suele decirse, es reconocer que uno tiene un problema, luego recién podrá pensarse en darle una solución.





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