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Contaminación o polución lumínica (I)



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La contaminación o polución lumínica es un hecho poco difundido, pero bien conocido por ecologistas, investigadores y científicos que se dedican a estudiarlo, o simplemente padecen sus efectos.

Antes de que el ser humano “civilizado” apareciera junto con la modernidad, la oscuridad de la noche sólo era rota por el fuego o la iluminación natural de la luna o algunos animales dotados de luz propia, como ciertos insectos, peces, etc. Por tanto los animales desde tiempos inmemoriales han guiado sus instintos y su ritmo biológico de a cuerdo al los niveles de luz que percibían. La presencia o ausencia la misma, la mayor o menor luminosidad, indica tanto a su cuerpo como al nuestro (no olvidemos que somos animales) como reaccionar metabólicamente, que sistemas deben descansar y cuales deben ponerse alertas, en que estación se encontraban, y que patrones de conducta deben seguir a nivel físico y mental.

Una vez más la irrupción del “progreso”, en este caso la irrupción de la luz, la cual se suele asociar paradójicamente a lo bueno y lo bello, a desbarajustado el equilibrio natural en muchas zonas del planeta y, por supuesto, en la mayoría de aquellas zonas habitadas por seres humanos “civilizados”.

Para entender rápidamente de que se trata la contaminación o polución lumínica, piense simplemente en alguno de los siguientes hechos que todos alguna vez hemos presenciado:

Una polilla o un insecto que atrapado revolotea hipnotizado delante o dentro de una lámpara, hasta que termina muriendo quemado, acumulándose junto a sus hermanos.

De la misma forma, al bajarnos de nuestro automóvil o de un autobús de larga distancia, tras haber realizado un viaje de noche por una zona relativamente despoblada, por una de esas rutas que cruzan campos o bosques, podemos apreciar a docenas de insectos estrellados contra el radiador o el parabrisas del vehículo.

La Patagonia.
El fuego ya no es el principal enemigo de la oscuridad.




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