El Gea

"La Tierra Yerma" (III).

Por El Sigma
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Ana, en su duelo sin nombre, no puede llorar, quizá porque intuye como en el mito azteca que a mayor profusión de lagrimas, los niños arrancados de los brazos de sus madres, se convierten en objeto privilegiados, para ser sacrificados en el festival del dios. 
La Tierra Yerma.

En su bello rostro se recortan ojos color pastel que no pueden llorar. Demasiada paz para una mujer la cual se nombra madre de dos hijos, uno vivo, el otro muerto. 
Colecciones de muertos acompañan un marcado rictus que despunta un dolor escondido en cada pliegue de la memoria. No puede llorar, su alma se ha secado al inflingirle el destino la pérdida de varios hijos que le otorgan, una sabiduría sobre la peste que algunas mujeres conocen y que, en palabras de Ana "Las termina partiendo en dos".

El 
Ana se había jactado en su vida, de un extravagante don: presentir el riesgo y poder evitarlo. Distintas situaciones de riesgo sufridas por Diego había encontrado su limite en su férrea atención. 
El único episodio que la sorprende, finalmente desprevenida, culmina según su lectura, con la muerte de su hijo en la puerta del hogar. En una entrevista una foto cae de su mano, inquieta, me dice que este "salto" de la foto de su hijo se produjo días antes de decidir llamarme, cuando estaba "acompañándolo" al borde de su tumba. Ahí produce un lapsus: "Sentí que mi esposo muerto, me daba una pista de que estaba allí". Cuando le pregunto por su lapsus, sitúa, por primera vez, que uno de los frentes que más la atormentaban -su preciado marido-, cargaba con varios duelos de hermanos y entrañables amigos, literalmente, ante este corolario, se había enterrado con Diego. Recluido en la oscuridad del lecho matrimonial, se niega sistemáticamente a nombrar al hijo perdido, a llorar por el hijo perdido, resignando todo consuelo simbólico que pudiera alivianar su pena. Cuando sobreviene la muerte cerebral, Ana dona los órganos.

Como una Eva primigenia, que hace de la maternidad un don que alimenta muchedumbres, enfrenta con su decisión engorrosos trámites burocráticos "de máxima crueldad", finalmente se las ingenia para saber qué tiempo, que nombre, que destino, aloja cada resto de su hijo. 
Corre las más increíbles peripecias para no perder el rastro de ni siquiera un pedacito de su piel, constituida en una infatigable militante del axioma "donar es vida" transita por la escena pública, batallando contra un narcisismo colectivo al que denuncia en cada acto. La muñeca para una pequeña que alojaba un riñón de Diego termina sin dueño, con el sentimiento de esta madre que descubre, azorada, que donar tanta semilla fue a cambio de nada. A cada entrevista la antecede un pasaje por el cementerio, solo reza, también lo acompaña, publica recordatorios en su nombre, regala su ropa y, sostenida por la transferencia, vacía el cuarto del hijo amado. Insiste en que son actos para la vida, aunque preserva intacto el casco que el joven rehusó ponerse el día de su muerte.





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