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COMUNICACIÓN CON EL SUR ARGENTINO DESDE CHUMBICHA (II)



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El piano afinado, Chopin, Chumbicha, -Capital de la Mandarina- Catamarca, más allá de la California mormona, viniendo por la ruta desde San Fernando del Valle. Niñas que tienen en su rostro las gotas del esfuerzo y en sus miradas la réplica de las esperanzas de sus mamás.

Allá, muy lejos, allá hace mucho, desde allá me sigue llegando hasta hoy muy cerca.

Niñitas y mamitas de mi patria, vuestros sueños no decaen. Y me mantienen un poco más puro cuando el recuerdo se impone finalmente a mi espera.

Soñaban. Soñaban con un escenario con figuras esbeltas y plásticas.

Soñaban con el aplauso que les alimenta el alma hasta no llegar nunca a la saciedad. Siempre será necesaria otra función, otro nuevo escenario, otro público y otras y más palmas que nutran sus tiernos y eternos sueños.

Soñaban. Con luces de colores y los murmullos de la gente entusiasmada.

Soñaban. Con la música y sus primeros acordes que llaman a la posición inicial correcta.

Soñaban. Con la búsqueda de esa perfección, allá en Catamarca.

Soñaban. Con el ruego de que sea escuchado el grito del silencio que reclama lo perfecto del espíritu de Chopin.

Soñaban, las niñitas catamarqueñas y sus mamás y la esforzada maestra que con cada clase clausuraba por dos horas los recuerdos de iguales sueños de hacía muchos años. Allí, en Chumbicha; donde en el fondo de la calle un manantial esta celoso de Chopin y su voz trata de igualarlo en los largos silencios del costado del cerro.

Mamitas, Maestra viejecita, no cierren los pianos. No dejen de intentarlo.

Mamás, planchen los tutús, lleven a sus hijitas.





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