Eduardo J. Carletti

Los insectos (XVII).

Por Eduardo J. Carletti.


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En el segundo grupo, o hemimetábolos, la vida del animal ofrece dos períodos diferentes, el primero de los cuales tiene lugar dentro del agua y el segundo al aire libre. Durante su vida larvaria han de respirar dentro del agua por unas falsas branquias que, en realidad, son simples tráqueas modificadas mientras que al llegar a adultos la respiración se efectuará por medio de tráqueas normales. Existe en ellos, por lo tanto, alguna mayor diferencia entre la larva y el adulto que en los paurometábolos. Después de haber sufrido diversas morfosis de crecimiento, llega el momento en que las larvas acuáticas, abandonando el agua, suben a la superficie apoyándose en alguna planta o ascendiendo por las piedras, hasta cruzar el espejo líquido. Entonces quedan inmóviles un corto tiempo, mientras su tegumento se hiende por encima y da paso al adulto. Este ha de permanecer quieto el tiempo indispensable para que sus alas tomen consistencia, conseguido lo cual comenzará un activa vida aérea, muy distinta de la que hasta aquel momento ha gozado en el seno de las aguas. No existe, por tanto, en ellos, un periodo ninfal de reposo, ni cambios notables en su estructura interna.

El tercer grupo comprende los insectos de metamorfosis complicadas u holometábolos. Las formas jóvenes, larvas u orugas, activas y muy voraces por lo general, van acumulando los materiales que requieren para su ulterior desarrollo y sufriendo diversas morfosis, hasta que llega un momento en que han completado su crecimiento en esta fase, y entonces después de haberse escondido en tierra o resguardado debajo de una piedra o en un capullo tejido para este objeto o simplemente al aire libre, se transforman en ninfa o crisálida. En ésta ya se perciben a veces las partes y apéndices del futuro insecto, aunque de modo más o menos vago, como si estuviese envuelto en un sudario; pero en otros caso el animal parece haber vuelto al período de huevo, de un huevo grande, en el que, ni exterior ni interiormente es posible reconocer ni a la larva de que procede ni al adulto que va a originar. En esta forma permanecen más o menos tiempo, sin moverse ni alimentarse. Entre tanto se verifican en su interior importantes cambios, a veces una casi completa desintegración de los tejidos o histolisis, seguida de una reconstrucción de las estructuras o histogénesis que han de ser necesarias al adulto. Al fin, la crisálida o ninfa, cuyo tegumento se rajará en forma especial, da paso al insecto adulto o imago. Éste aparece ya en la forma definitiva, en la que no crece más y no toma, en muchos casos, sino pequeñas cantidades de alimento, las necesarias para compensar el desgaste que experimente su organismo. El adulto vive relativamente poco tiempo, por lo común el preciso para la fecundación y puestas de los huevecillos que han de perpetuar la especie.

Por circunstancias especiales existen en el desarrollo de algunos insectos diversas fases supletorias, como indicaremos al tratar de las cantáridas y sitaris en los coleópteros, y de las mantispas en los neurópteros. En estos casos se dice que el insecto presenta hipermetamorfosis; y en ellos suelen distinguirse dos tipos de larvas: la primera es activa y busca el medio de llegar hasta las larvas o provisiones almacenadas por otro animal, a cuyas expensas ha de desarrollarse, y la segunda, en que se transforma la primera después de logrado su cometido es por completo diferente de forma, sin patas, y apropiada para ir dando fin de las provisiones que otro almacenó con muy distinto objeto.





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