El Gea

Mutilaciones de Ganado en Argentina 2002 (II)
El Informe Total

Por Gustavo Fernández - MysteryPlanet / Al Filo de la Realidad

CUARTA PARTE



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No voy a cometer el error de preguntarme por qué los extraterrestres harían esto (no porque no lo haya hecho realmente, sino porque sé que la respuesta de los defensores de esa teoría argumentarán que es cuanto menos inútil preguntarse qué piensa un extraterrestre), sino simplemente sugerir que si la fuente productora del fenómeno es cualquier otra pero desea que pensemos en esa dirección extraplanetaria, qué mejor que producir algunos episodios que complazcan al ideario colectivo reforzando la convicción popular de ver los tanques australianos como pauta de comportamiento OVNI. Algo similar a la compulsión que durante sus seudo investigaciones parecieron demostrar los especialistas del SENASA al solicitar el concurso de técnicos de la comisión Nacional de Energía Atómica munidos de contadores Gëiger para determinar hipotéticos niveles de radiación en la probable zona de asentamiento de objetos no identificados. Salvo en las novelas baratas de ciencia ficción, la relación ovni-radiación es espúrea. Cierto es que existen un puñado de casos (en los miles, qué digo, millones de episodios documentados en los últimos sesenta años) en los cuales luego del aterrizaje de estos cuerpos ha quedado un remanente de esa naturaleza. Pero para nada es una constante del mismo. Y si se me permite una breve digresión, que tal vez complemente mis razonamientos posteriores, desearía extenderme precisamente en lo que acabo de escribir. Porque los pocos casos donde se han detectado ciertamente huellas de contaminación atómica tras un aterrizaje OVNI se sitúan, en su casi totalidad, entre mediados de los 50 y principios de los 60. A posteriori de esas fechas, existen episodios bien documentados de testigos presenciales que sufrieron extrañas quemaduras y en ocasiones la muerte al quedar expuestos a emisiones desconocidas provenientes de las presuntas naves. Pero es una discusión teórica aún si se trataba en esos casos de radiación nacida en la fisión atómica, microondas o alguna otra franja del espectro. Lo cierto es que registros confiables de radiación residual son relevados en ese entonces. Esto nos plantea una pregunta: ¿Se trataba de modelos experimentales, absolutamente humanos, con la incipiente energía atómica, luego cesados de producir? ¿O hay algo más?

Siempre me ha llamado la atención cómo estos fenómenos parecen seguir "a la moda". Es como que cada época tiene un paradigma dominante de lo misterioso. La segunda mitad del siglo XIX fue la gran época de las materializaciones espiritistas, las apariciones fantasmales, la escritura automática y las mesas voladoras. Ya con anterioridad y con posterioridad también hemos tenido esos fenómenos, claro, pero no con la intensidad dominante de esos años. Los primeros treinta años de este siglo fueron la época de las criaturas enigmáticas: especialmente serpientes marinas y, claro, Nessie. A fines de los '40 los OVNI tomaron la posta, y desde los '80 los "agrogramas" o "círculos de las cosechas" vienen dominando la perspectiva. Aún más; dentro de cada uno de estos fenómenos particulares también son discernibles "épocas". Tomen ustedes el caso de las "entidades humanoides". En los '50 eran pequeños, generalmente de piel aceitunada, con gorros ajustados a sus cráneos, guantes y cinturones brillantes (nada que envidiar a Flash Gordon, ciertamente) y cortas capas sobre sus espaldas. O bien, peludos y de ojos brillantes. Luego fueron más altos, de monos brillantes, y en los '60 ya solían portar casi convencionales trajes de cosmonautas, con algunas sutilezas como lentejuelas fosforescentes cubriéndoles en su totalidad. En los '70 y '80, fue la época de los "guías cósmicos": altos, rubios, sospechosamente arios, vestidos con túnicas de colores claros. ¿Es que la moda impuesta por siderales diseñadores también evoluciona rápidamente en mundos extrasolares? Y ya saben cómo sigue la historia: entre los '80 y los '90 llegaron los "grises", quienes con sus cerúleos, inexpresivos rostros dominaron el paradigma al punto que hoy en día casi nadie parece recordar que unas tres décadas atrás nos veíamos muy seguros con nuestra "clasificación tipológica" de tres categorías.





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