El ala volante de los Horten, la ley y el genio

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Pablo Edronkin

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La historia es el auténtico juez supremo que determina si algo es correcto o no, aún en el caso de quienes quebrantan la ley, diseñan armas o aviones de combate, como los hermanos Horten.

Luego de que finalizó la primera guerra mundial, el tratado de Versalles impuso de manera bastante obtusa una serie de restricciones draconianas a Alemania, incluyendo la imposibilidad de que sus ciudadanos pudieran aprender a volar en aviones propulsados con motor. Por esta razón, muchos jóvenes alemanes de aquel entonces aprendieron a volar en planeadores.

Entre estos jóvenes se encontraban tres hermanos de apellido Horten, quienes además de dedicarse al vuelo a vela, empezaron a diseñar sus propias aeronaves alrededor de 1930 sobre un precepto que habían constatado: Una aeronave ideal, sin fuselaje ni empenaje de cola, es decir, un ala pura, vuela mucho mejor y con menos resistencia. A partir de esta idea diseñaron unos planeadores que eran virtualmente alas volantes, los cuales ganaron muchos premios y competiciones.

Al comenzar la segunda guerra mundial uno de los tres hermanos cayó en combate, mientras que los otros dos continuaron sirviendo en las filas de la Luftwaffe alemana como pilotos de combate. Luego, mientras que uno de ellos logró un puesto en la burocracia de Berlín como inspector de aeronaves, el otro empezó a hacer planes para continuar con sus diseños.

Gracias al puesto en Berlín, lograron obtener información ultra secreta sobre prácticamente todos los proyectos aeronáuticos del Tercer Reich. Con ello y gracias a la manipulación de formularios y archivos, lograron crear un Sonderkommando, una unidad especial secreta que recibía fondos, útiles y personal, la cual no había sido en realidad autorizada por ningún funcionario. Con ello lograron continuar con la idea que se habían propuesto: Un avión de caza a reacción que sería un ala volante propulsada por las nuevas turbinas que estaban desarrollando los científicos e ingenieros alemanes.

Cada vez que algún burócrata empezaba a hacer preguntas, se las apañaban para distraer su atención, y de esa manera lograron avanzar lo suficiente en su proyecto hasta que la Luftwaffe, en los años finales de la contienda, se encontraba suficientemente necesitada de nuevos aviones para interceptar los bombarderos aliados. Entonces presentaron su idea al mismísimo Hermann Goering, quien les pidió que terminaran el proyecto y empezaran la construcción en serie de sus alas volantes; para ello les asignó un importante presupuesto y más material.

Para fines de 1944 el ala volante birreactor, de nueve toneladas, de los Hortens había empezado sus pruebas de vuelo y rápidamente probó ser superior a cualquier otro avión en existencia en aquella época. Lamentablemente para los hermanos Horten, el único prototipo existente sufrió un importante accidente a principios de 1945 y ya no hubo tiempo de construir otro antes de la rendición alemana, pero luego continuaron sus exitosas carreras como diseñadores aeronáuticos en la Argentina y los Estados Unidos, desarrollando aún más prototipos ganadores de premios y campeonatos.

Quienes ven alguna fotografía del prototipo de caza de combate que desarrollaron los Horten muchas veces no creen que se trata de un modelo de 1944, y piensan que todo es un truco, una foto de algo desarrollado entre 1990 y el 2000, al cual se le ha pintado en las alas la Balkenkreutz germana pero no es así; el ala volante efectivamente voló hace décadas por primera vez, y muchas de las ideas aplicadas en los aviones actuales de alta performance, y en diseños que aún están en desarrollo, se deben a los hermanos Horten.

Hay que tener en cuenta que obtener fondos y recursos para investigación y desarrollo es incluso difícil en la más iluminada y democrática de las sociedades, así que utilizar a la burocracia como lo hicieron los Horten en pos de la ciencia, en un régimen que los habría mandado fusilar si ello se descubría, merece el mayor de los respetos. ¿Y por qué? Sencillamente porque esto prueba un punto importante.

La historia de estos hermanos que han quedado casi en el anonimato merece contarse porque puede servir de ejemplo y lección a la vez: Las grandes ideas no pertenecen a las ideologías, y en el campo de la aviación o en cualquier otro, quienes tienen esas ideas siempre encuentran la manera de circunvalar a la burocracia si es necesario. Los genios tienen el derecho innato, en la práctica, de violar la ley si es necesario con el objeto de desarrollar las ideas que los pequeños burócratas que las aplican no pueden siquiera comprender pues escapan al modesto universo que se han creado con sus sellos y formularios y trascienden la capacidad de su intelecto.

El burócrata no es un servidor público sino un impedidor; la burocracia es una máquina de impedir y está bien que se le tome el pelo en pos de objetivos trascendentes.

Y esto me hace terminar esta historia con un poco de optimismo y una sonrisa, pues a la larga o a la corta, los burócratas siempre pierden y caen en la oscuridad, mientras que las ideas que tratan de impedir siempre terminan sobreviviéndoles.



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