Transporte de Aventura (I)


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Fernando Ottone

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Para unir dos localidades ubicadas en plena selva de la República del Perú, el autor debió viajar como pasajero en un camión cargado de gente y mercaderías. El mal estado del camino y las condiciones meteorológicas adversas hicieron que el viaje fuera un tanto difícil. Esto le permitió conocer interesantes aspectos de la gente y de la geografía del lugar.

En el poblado de Mazuko, en plena selva de la República del Perú, contemplaba el agua que caía avisando que la temporada de lluvias había comenzado. Esto complicaba mis planes de llegar a la ciudad también peruana de Puerto Maldonado. Si bien los ciento setenta kilómetros que me separaban de mi destino no parecían significativos, el estado en que se encontraban sí lo eran. Por horas esperé a algún camión, casi el único medio de transporte que une las localidades nombradas, sin suerte. Los pobladores opinaban que algunas dificultades se habrían empezado a manifestar en el camino que viene desde Cuzco con motivo de la lluvia. Cansado, decidí buscar alojamiento. La habitación del modesto hotel en que me alojé era limpia y fresca. Cuando el generador eléctrico del pueblo dejó de funcionar a la misma hora que todos los días, yo me hallaba descansando. Las paredes de madera dejaban pasar el arrullo de las gotas de lluvia que repiqueteaban por todos lados. Con éste no fue difícil conciliar el sueño.


Construcciones que se observaban a lo largo del camino
Viviendas que se observaban a lo largo del camino.

A la mañana siguiente me enteré que un camión estaba por salir y me apresuré a buscarlo. Era un Volvo N 1020, al parecer, muy robusto. En esta zona, en los camiones se transporta tanto carga como gente. Así fui a dar con un nutrido grupo de personas, arriba de bolsas de papas, repollos, alimentos en general y mercancías varias.

Nos acomodábamos como podíamos y prevalecían los comentarios sobre el tiempo que tardaríamos en llegar. Hasta el momento de partir se continuaron cerrando tratos comerciales y nuevos bultos se apiñaron en el vehículo. En estos lugares los precios varían mucho con los kilómetros, por este motivo cada persona lleva mucho equipaje. A poca distancia venderán todo y un puñado de Soles, que es la moneda peruana, iluminará un poco sus economías personales.

Previo control policial, dejamos atrás el pueblo de Mazuko. La selva entonces nos envolvió y el camino comenzó a hacerse difícil. Sorprendido, noté que en cada pozo o desnivel el camión se inclinaba considerablemente. Su caja de madera rechinaba con la torsión que sufría. Comprendí que el viaje no iba a ser tranquilo. Mis compañeros comentaron que es normal que los camiones vuelquen dejando buen saldo de heridos o muertos. Creo que de todos los pasajeros, yo era el que más me preocupaba. Los demás lo soportaban con la tranquilidad que viene de la costumbre. Para ellos, esa forma de viajar, era normal. Para mí, compartir la convivencia social dentro del camión fue una experiencia interesante. Como pudo, cada uno había conseguido un lugar entre la carga. Este espacio ganado solía ser respetado por los otros. Si no era así, su propietario lo defendía a gritos, codazos y discusiones.

Para esta gente yo era un extraño. Me llamaban "gringo", vocablo con el que llaman al extranjero y el cual era usado con cierto tono despectivo. Para muchas de estas personas que yo fuera europeo, norteamericano, africano o argentino era mas o menos lo mismo. Era diferente en muchas cosas a lo que estaban acostumbrados. Por este motivo y por la natural curiosidad propia del ser humano, yo era constantemente interrogado, teniendo en algunas oportunidades, que contestar varias veces la misma pregunta. Mi equipo era sumamente escudriñado, pero a pesar que dormía o en diferentes oportunidades me separé del grupo, nada me fue robado.

Además era constantemente puesto a prueba. Me pedían algo prestado, me hacían bromas o ocupaban mi lugar para ver como reaccionaba. Creo que en realidad buscaban saber cual era mi límite. En algunos casos se los marqué claramente, pero tratando siempre de mantener la armonía.



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