P. Edronkin

Jugando con revólveres y bombas atómicas



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Cuando en la actualidad estamos debatiendo acerca de las actividades económica y el medio ambiente pueden pasar dos cosas: o prevalece el criterio económico, o bien prevalece el criterio ambientalista. En ambos casos, los participantes que sustentan cada una de estas posturas respecto de lo que en general se ha convertido en el debate respecto del impacto ambiental de las actividades humanas tienen algo de razón y también - creo yo - actúan con un poco de falta de sentido común.

En un extremo, ambas posturas implican esencialmente que el otro contendiente debe dar la razón y también debe abandonar lo que hace en función de subordinar todos sus intereses y actitudes a la postura vencedora. Es decir, quienes tienen una postura ecologista pretenden que la economía se amolde completamente al medio ambiente, y quienes sustentan la postura economicista pretenden que los ambientalistas y verdes sencillamente no interfieran con el mundo económico.

La economía es una actividad muy intrincada en la cual lo que se hace por un sector afecta a otros; es decir, cuenta con una sinergia propia. También se mezcla con la política y por supuesto, con el dinero; todo esto hace que no sea muy sencillo hacer cosas en el ámbito económico que vayan en desmedro del fin último de la economía, el cual realmente es producir dinero y riqueza.

En otras palabras, los ambientalistas pueden pecar de ingenuidad si creen que de forma inmediata y perentoria podrían lograr cambiar la economía mundial para hacerla más acorde con la conservación ambiental y la ecología, pues aunque incluso la mayoría de los sectores políticos, sociales y hasta económicos lo deseen, hay cuestiones que no pueden resolverse de la noche a la mañana pero mientras tanto se debe seguir trabajando como hasta entonces. Por ejemplo, no se puede pretender que la gente deje de usar sus vehículos porque los motores de combustión interna contaminan; idealmente se debe tender al desarrollo de tecnologías alternativas como en el caso de los motores eléctricos, con catalizadores de hidrógeno, etc. pero lleva tiempo desarrollar estas tecnologías, hacerlas eficientes desde el punto de vista del costo y difundir los vehículos que reemplazarán a los actuales autos, camiones, motos, etc.

Pero el medio ambiente es más intrincado aún que la economía: de hecho, la naturaleza es algo mucho más complejo y sinergístico que cualquier producto de la civilización, y pensar que se puede posponer innecesariamente cualquier cambio que requiera un poco más de esfuerzo - es decir costos - porque se va aprendiendo cómo lo que se hace puede perjudicar al entorno, y todo sencillamente porque no se quiere gastar más dinero en investigación y desarrollo, o por los supuestos intereses de unos abstractos inversores, también es pecar de ingenuidad.

A diferencia de ser ingenuos pro-ecología, los ingenuos económicos ven esencialmente a la cuestión como si se tratara de la obtención de un crédito: hoy obtenemos los beneficios y los que pagarán el costo serán las generaciones venideras. Y de ambas posiciones esta es la más peligrosa porque una recesión económica y hasta la destrucción de riqueza, fuentes de trabajo e inversiones a causa de mayores restricciones impuestas por legislación pro-ecología, puede recuperarse; la economía es en sí una cuestión de ciclos, o como se dice popularmente 'el dinero va y viene'.

Pero la extinción de especies no es reversible; las especies no vienen y van. Las epidemias no se 'administran' como dijo una vez un asesor del primer presidente Bush cuando se refería al 'riesgo calculado' en el que sostenía que se puede caer dejando de lado o minimizando la cuestión del calentamiento global y sus consecuencias. Los cambios en el medio no siempre son reversibles y cualquier físico o químico podría extenderse durante días enteros hablando de la entropía y los procesos, entre los que se incluyen algunas reacciones químicas causadas por la contaminación, que solamente se producen en un sentido y no pueden retrotraerse, revertirse ni anularse una vez en marcha.

En ambos casos se puede pecar de ingenuidad, pero el grado de peligrosidad no es el mismo. Podemos ser ingenuos en lo que respecta al medio ambiente o a la economía mundial, pero no es lo mismo jugar con un revólver que con una bomba atómica.




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