P. Edronkin

Los fósiles pueden matar el aburrimiento escolar



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Creo que una de las cosas que los maestros, profesores y educadores en general deberían tener más en cuenta con relación a la enseñanza de niños y adolescentes es que ellos mismos deberían colocarse en la posición de sus 'educandos' de vez en cuando; salvo excepciones, mi estadía en la escuela secundaria y la universidad ha sido signada por el aburrimiento, especialmente cuando los profesores de geografía hablaban de forma totalmente teórica, sin siquiera mostrar algunas fotos de las montañas, ríos y mares a los que hacían referencia. Sí: era importante recordar que el Monte Everest es la montaña más alta del mundo, pero es una lástima que en el colegio nadie vio nunca una foto de él.

Recuerdo perfectamente ese tipo de sesiones de tortura en las frías mañanas de invierno, cuando profesores y profesoras de diversas materias hablaban interminablemente de cosas que yo ya conocía porque sencillamente ya las había visitado. En eso tuve fortuna, pues con mis padres pude viajar bastante y también es así como me convertí en un explorador, pero si a mí, que ya sabía lo que son cosas como un atolón, el cráter de un volcán, o una fortificación inca, tales disertaciones me aburría, ni me quiero imaginar del efecto que esa verborragia habrá tenido en mis compañeros y compañeras de curso.

Ni siquiera tuvieron la decencia de tratar de llamar la atención y despertar el morbo de los estudiantes mencionando que según Horacio, Empédocles se suicidó saltando al cráter del Etna para probar que era una deidad inmortal, aunque es menos probable que hubiera terminado sus días en el Mongibelo que en el más vulgar Peloponeso.

Y todo esto, inútilmente, cuando la forma de atraer la atención de los alumnos está al alcance de la mano: organizar más actividades fuera de la escuela, o incluso en los laboratorios, con cosas poco comunes como por ejemplo, buscar y limpiar fósiles. Esta es una tarea relativamente simple y sencilla, que le puede enseñar más a un alumno sobre la historia de nuestro mundo, la composición del suelo, la biología, la evolución de las especies y hasta las manualidades que la mayoría de las interminables horas en aulas en las que los alumnos no quieren estar, y hasta algunos profesores hacen evidente que tampoco.

Por ejemplo: hablar interminablemente sobre las formaciones rocosas sin mostrar fotografías o pequeñas muestras de distintas piedras es algo de muy escaso valor educativo, pero poner a trabajar a los alumnos limpiando la piedra caliza que cubre a pequeños fósiles y mencionarles los depósitos de Messel, en Alemania, en los que se preservan excepcionalmente bien los restos de antiquísimos mamíferos les enseñará acerca de la química, geología, zoología y muchas otras cosas más, incluso motivándoles a investigar y aprender por su propia cuenta, que es lo máximo a lo que un buen docente, que se precie de serlo, puede aspirar.

En muchos sitios del mundo hay canteras con fósiles, y si en una localidad determinada no hay nada de ello, de cualquier manera se puede solicitar a los museos de ciencias naturales lotes de piedra ya estudiada o de valor conocido, que se puedan utilizar para practicar. En una lección de paleontología escolar los estudiantes pueden desarrollar sus habilidades naturales, utilizar sus conocimientos de química, aprender algo de microscopía, y tantísimas otras cosas, además de integrar mejor sus conocimientos por ver cómo lo que les han dicho y lo que han leído en los libros se aplica en el mundo real.

La paleontología es algo que se relaciona esencialmente con dos o tres cosas como el hecho de despertar vocaciones y explorar, además de enseñarnos acerca del pasado de nuestro planeta. Es por ello, una herramienta de enseñanza mucho mejor que disertar interminable y tediosamente cosas ya repetidas durante años a una audiencia que solamente está pensando en irse de ese lugar. Por eso, incluso para que el docente pase un mejor rato, debe ponerse en el lugar de sus alumnos y alumnas y ver qué es lo que les puede interesar o atraer.




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