P. Edronkin

Torres de marfil en paleontología y geología



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Hace ya algunos años, cuando dirigí un par de expediciones paleontológicas en la Patagonia en busca de fósiles, particularmente en la provincia de Chubut, me detuve a conversar en reiteradas oportunidades con los paleontólogos y geólogos que entre otros, formaban parte de esas expediciones, y todos coincidían en decir que son muy pocos los que entre sus sendas especialidades se dedican realmente a explorar los terrenos cuando el trabajo resulta poco más difícil que bajar de un camión o camioneta a la vera de un camino; es decir, me dijeron que más que nada, los científicos que dedican sus vidas a la paleontología y a la geología permanecen en sus laboratorios sin hacer muchas actividades al aire libre.

Desde luego que en el ámbito de la ciencia es necesario trabajar en el laboratorio, pero en el caso de estas dos actividades particulares, el componente de trabajo al aire libre resulta ineluctable y es sorprendente cómo personas tan fascinadas por cosas que son propias de la naturaleza pueden encerrarse en un habitáculo para realizar experimentos sin salir a ver de qué se trata la cosa. Es decir, creo que en el ámbito de la paleontología y la geología, y quizás también en el caso de otras ciencias, se corre el riesgo de perder contacto con la realidad.

Hace un par de años una médica que conozco me dijo que fue ha hacerse unos estudios, incluyendo una mamografía, y que se sintió sumamente incómoda y hasta a veces dolorida por lo que implicaban dichos estudios, no porque los médicos la trataran particularmente mal, sino por el hecho de cómo se hacen los análisis en sí; ella decía que si bien sabía cómo eran todos esos procedimientos en teoría, como nunca los había experimentado ella misma, en su cuerpo, no tenía idea de qué clase de cosas tenían que experimentar sus propios pacientes, a quienes recetaba o indicaba diversas medicinas, tratamientos y procedimientos como si se tratara de vender dulces.

En el caso de la paleontología y la geología, creo que la oportunidad de revertir esta tendencia y hacer que los científicos dedicados a estos campos fascinantes se transformen en auténticos exploradores. Un científico dedicado a las ciencias naturales debe ser más parecido a un explorador, un montañista o un deportista extremo que a un matemático que escribe sus ecuaciones en una pizarra. La ciencia en general debe seguir los preceptos de su propia metodología para no perder objetividad, pero esto no debe servir de excusa para el facilismo o para perder contacto con la materia de la que cada actividad científica trata, permaneciendo en una torre de marfil.




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