Creer en los OVNIS es más atractivo que buscarlos de verdad

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Pablo Edronkin

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Existen proyectos serios y de rigor científico orientados hacia la explicación de auténticos misterios de nuestro mundo y el universo, pero en vez de apoyar la exploración científica la gente siempre pareció más interesada en la mística y la creencia, así que la gente prefiere escuchar a los autoproclamados emisarios de un OVNI que a los radioastrónomos de SETI, y resulta más placentero pensar que el chupacabras es un extraterrestre que un pariente del perro doméstico.

La investigación atrae, pero más atrae cuando la rodea un poco de misterio e incluso cuando se trata de una actividad que no es totalmente científica; lo irónico es que lo que más debería atraer es la ciencia porque gracias a nuestra evolución social y cultural de miles de años somos educados en esa dirección o al menos para intentar pensar racionalmente, pero en la práctica raras veces es así. Esto ha sido explotado con distinto grado de habilidad por los promotores de las llamadas ciencias ocultas y con distintos grados de sinceridad pero de forma efectiva, pues a lo largo de los siglos y milenios el ser humano todavía prefiere creer en lo mágico en vez de lo racional.

La creencia es más atractiva que la lógica y el método científico; y esto es lo que hace que los mitos sigan vivos, este poder de atracción junto con - extrañamente - la propia naturaleza del pensamiento científico que intenta preservar las cosas antiguas no solo por tradición sino con fines investigativos, de la cual los mitos y el pensamiento anti-científico en lagunas ocasiones se convierten en huéspedes afortunados. Así es como los mitos de todas clases perduran por decenas, cientos e incluso miles de años. Y en materia de exploración de nuestro mundo y ahora también el espacio exterior las personas prefieren creer que comprobar.

Es más fácil creer en los OVNIS que demostrar su existencia. Es más fácil contar historias como la del Ourang Medan que tratar de encontrar el barco para probar que realmente existió y lo que le sucedió, o confirmar que la historia de la muerte de sus tripulantes y su naufragio es simplemente un mito.

No está mal creer de por sí en algo y hay numerosos científicos y tecnólogos que tuvieron que creer en lo que querían demostrar, comprobar o inventar antes de tener éxito. Cuando los hombres quisieron volar primero tuvieron que empezar a creer que podían hacerlo de alguna manera, infiriendo que si los pájaros podían por lo tanto ello debía ser posible, y hasta que se comprendieron los conceptos básicos del vuelo y se desarrolló el aeroplano, primero se intentó volar por medio del concepto del ornitóptero, que imita el vuelo del ave con el batir de sus alas. Y si ahora queremos viajar a las estrellas también debemos creer que de alguna forma lo lograremos antes de emprender el desarrollo de un motor warp o alguna otra forma de propulsión viable, que es lo que fundamentalmente nos falta para construir una nave interestelar. Gracias a las décadas de desarrollo de tecnología aeroespacial, técnicas de navegación estelar y planetaria, comprensión de la mecánica orbital, medicina aplicada y otras ciencias y tecnologías, ya tenemos casi todo lo que necesitamos para viajar grandes distancias por el espacio, pero sin creer que podemos hacerlo no lo haremos nunca. O para decirlo en términos sencillos: Nadie hace por mucho tiempo lo que no quiere hacer, pero solamente puede hacer lo que sabe que quiere.

Pero la magia es lo que atrae más, las soluciones rápidas, e incluso la descalificación subyacente de la ciencia cuando esta se niega "tozudamente" a reconocer alguna "verdad" comprobada solamente a los ojos de quienes desean creerla. Los hechizos son más atractivos que la química, y las curas milagrosas más afrodisíacas que la medicina. Tal es así como hay gente que descalifica la mesura de los científicos frente al fenómeno de los OVNIs, pese a que hay proyectos como el SETI y desarrollos como la ciencia de la astrobiología que van por caminos similares. En este caso particular, las tranquilas concusiones de los científicos caen como un bálsamo de desilusión - hasta ahora - para el común denominador de la gente interesada en la vida extraterrestre y no debe sorprender que las creencias populares y la actividad científica sigan caminos separados, dando lugar a la aparición de toda clase de pretendidos investigadores, algunos sinceros y otros no, pero que definitivamente no se encuentran en condiciones de brindar estudios objetivos y serios sobre la materia, aunque resultan atractivos para el público y de alguna manera se legitiman a través de las ventas de sus libros y trabajos más sencillos y excitantes para leer que cualquier monografía de jerarquía auténticamente científica.

Sucede algo similar en el caso de la criptozoología y los animales mitológicos: Creer sin más fundamento que una idea que el chupacabras en el producto de algún experimento militar o un pasajero de una nave espacial dejado a sus anchas gastronómicas entre nosotros es un absurdo, científicamente hablando, pero estas explicaciones son mucho más atrayentes que la que han ensayado varios científicos al afirmar que ese animal responde en todas sus características y comportamiento a un cánido vulgar y silvestre. Una especie nueva o algún tipo de perro cimarrón, pero nada de otro mundo. Los perros y cánidos salvajes como los lobos o animales que revierten de una vida doméstica a un estado plenamente natural no son cosa nueva: Los dingos y cimarrones, y todas las variantes posibles de ellos han existido en Sudamérica, en Sudáfrica y en Australia, en Norteamérica, Asia y en cuanto lugar uno pueda imaginarse, pero esta explicación racional y perfectamente probable es menos atrayente que la otra.

La situación en nuestro planeta puede complicarse a causa del cambio climático y va a hacer falta escuchar con mayor asiduidad y atención a los estudiosos de todas las ciencias que actualmente están alertando sobre los problemas que se avecinan. Nuestra supervivencia requiere de un cambio en la forma en la que pensamos. Ya no basta con creer solamente así que tenemos que educar nuestros oídos y mentes para escuchar mejor a la razón.


Usted no va a entender esto si no entiende primero a quienes están a su alrededor
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