Un suicidio colectivo elegido por unos pocos


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Federico Ferrero

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Se lo puede decir con más o menos delicadeza, pero lo cierto es que la cumbre de Copenhague, desde el punto de vista científico y humanitario, fracasó estrepitosamente. Y el problema es que este fracaso no se limita al clima, sino que es consecuencia del fallo de la humanidad como organización, como sistema. Porque la pregunta es ahora, ¿cómo puede ser que no suicidemos sin ni siquiera quererlo?

Supongamos que el ciudadano normal quiere que como especies detengamos el cambio climático y no vive feliz viendo la televisión sin mayores preocupaciones que su rutina diaria. Supongamos que quiere que los políticos que votó o votará, que las ONGs ecologistas que apoya o los científicos que financia defiendan esos intereses (es decir, supongamos que existe la democracia). Y supongamos, por último, que todas estas organizaciones están conformadas a su vez por gente que no sólo piensa igual, sino que sabe que ese poder puesto en sus manos por los ciudadanos implica la responsabilidad de transformar ese deseo de salvación de la humanidad y en alguna medida del planeta. Suponiendo todo eso, ¿cómo puede haber ocurrido lo que ocurrió con el protocolo de Kyoto y después en la cumbre del Copenhague?

Resulta sorprendente e impactante enterarse de que una persona cercana se suicidó, pero en algunos casos al menos esa decisión extrema es una decisión propia y digna de ser tomada en nombre de la libertada individual. Pero enterarse de que nuestra propia raza se degrada a sí misma pudiendo evitarlo, cuando la mayoría querría (si se le pregunta individualmente, uno por uno) que no fuera así...¿cómo se come eso? Y ese plato indescriptible e intragable es lo ocurrió en la Cumbre del Clima de Copenhague y en todas las reuniones que fracasaron en intentar resolver nuestro suicidio colectivo.

Sabemos lo que hay que hacer para evitar millones y millones de muertes en el futuro, fundamentalmente muertes humanas, pero también de otros seres vivos que no tienen porqué pagar los platos rotos de la supuesta raza superior llamada homo sapiens. El homo sapiens, con su ciencia, detecta ahora y sabe lo que ocurre, sabe que es el culpable, sabe como frenar el perjuicio que se hace principalmente a sí mismo y también a la naturaleza que lo soporta todavía (y sólo por ahora). Lo sabe, pero los que se benefician con el suicidio colectivo de la humanidad deciden hacer caso omiso de la sabiduría, de un plumazo borran la racionalidad científica y la reemplazan por la racionalidad humana.

Sí, la racionalidad humana, porque este suicidios colectivo no tiene nada de psicopatología de masas. Mal que nos pese admitirlo, la racionalidad humana globalmente hablando, es eso, no queda otra respuesta posible: es egoísmo racional basado en poder económico, racionalidad financiera y aguerrida de intereses ficticios creados en las bolsas de valores. Defensa calculada y racional basada en la decadencia física y mental del ciudadano. Un circulo vicioso que existe gracias a que la gente está más cerca de una pantalla que de la naturaleza.

Las pantallas no son el problema, por supuesto, pero son un buen símbolo que demuestra lo que pasa cuando nos excedemos, cuando nos olvidamos de donde venimos y de qué formamos parte.

"No dañarás a la naturaleza" es lo que predico, y que todos lo predicáramos no habría político, economista, abogado o supuesto "líder mundial" que pudiera haber hecho fracasar Copenhague.

Como vemos, apelar al bolsillo de mañana, parece no hacer mella en la mentalidad cortoplacista del político de hoy que no se siente realmente presionado por la sociedad. Y con "presionado" me refiero a que esté ante el borde del precipicio, entre la espada y la pared. El político de hoy ve que las estadísticas lo respaldan, y que las fuerzas de seguridad evitan los linchamientos, ve que "la no violencia" es una máxima que se exige en una sóla dirección, pero que no se hace valer cuando se trata de las fuerzas de seguridad del estado luchando incluso contras sus propios ciudadanos. Y el político que cobra un buen sueldo y vive bien, no reacciona. ¿Por qué iba a hacerlo?

Siempre se dice que el humano o la propia humanidad reacciona nada más cuando está al borde del precipicio. Pero lo que nunca se dice, es que esa reacción puede ya no servir para nada cuando una civilización tan poco desarrollada como la nuestra se enfrenta a las fuerzas inconmensurables de la naturaleza: reaccionar a último momento puede significar entonces poco más que gritar antes de la muerte.

Eso significa que la autosalvación de la humanidad, por mucho que se pregone, no depende de los números que se intentaron cuadrar en Copenhague. Los números son un paso ante la posible autosalvación, son un medio, pero lo principal está en otro lado, y se relaciona con creencias y valores, no con racionalidad estricta (racionalidad entendida como acumular dinero y salvar el propio pellejo).

La autosalvación de la humanidad, y la autosalvación individual no depende de la racionalidad vacía (que ya vemos a donde conduce), dependen de la tenencia de creencias consistentes que sean compatibles con la naturaleza. Dependen de una "fe racional" que hagan que la gente (sí, los políticos y los poderosos también son gente) no "negocie" pensando nada más que en dinero, sino en evitar futuras devastaciones, catástrofes, desastres, derretimiento de glaciares, muerte, hambre y demás "bondades" que nos acaban de regalar "nuestros" líderes en Copenhague.

Yo, personalmente, le puse nombre a este conjunto de valores y creencias: le llamo Ecoreligión:

Todo empieza por uno y termina por uno, no le echemos la culpa a otro, ni siquiera a los políticos.

Hagamos algo, hagámoslo ahora, empecemos por cambiar nuestra mentalidad y nuestra forma de actuar.



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