Vivir o transportarse (I)


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Federico Ferrero

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No es ningún secreto que las ciudades y los pueblos modernos están construidos en función de los medios de transporte. Pero también allí es donde vivimos, allí es donde respiramos, y cuando los medios de transporte nos ponen en la tesitura de elegir entre "vivir" o "transportarse" algo fundamentalmente malo está pasando en nuestra sociedad.

Vivo y viví mucho tiempo frente a la vías del tren. Las vías del tren pasaban por ahí mucho antes de que existiera mi casa o cualquier otro tipo de construcción urbana, incluso las calles son posteriores. El tren, inicialmente, era un medio de transporte de mercancías fundamentalmente, devenido ahora en transporte de pasajeros. Como es un tren argentino, los pasajeros viajan mal, pero al ser la única opción en la mayoría de los casos, y la más barata en todos los casos, la gente lo sigue usando, y se acostumbró ya de alguna manera a las calamidades diarias que implica viajar en condiciones bastante decadentes a nivel sanitario, de seguridad y (por supuesto) de (in)comodidad.

El tren es, en definitiva, un padecimiento rutinario que no se puede evitar sufrir para ir y volver cada día a trabajar en el Gran Buenos Aires. El tren perjudica la vida de muchas formas (te rompe la espalda si vas sentado, los pies si vas parado, los pulmones si respiras sus gases, los oídos si lo escuchás al pasar), pero ayuda al mismo tiempo (te lleva y te trae de tu trabajo). Sin un medio de transporte (se suele reflexionar) no se podría vivir.

Enfrente de mi casa crecieron durante más de 30 años árboles plantados por mi familia, árboles que al hacerse altos y frondosos, gracias a que impedimos regularmente que los podaran sin miramiento empleados de la Municipalidad o de las empresas administradoras del ferrocarril, sin conocimiento alguno sobre jardinería. Estos árboles no sólo son un placer para la vista (como todos los árboles sanos y fuertes) sino que cumplen una función de defensa contra los padecimientos del tren:

- Proporcionan aire puro combatiendo su polución.

- Amortiguan su ruido.

- Evitan, incluso, que la basura que la gente tira por las ventanillas de los trenes (cual simiescos cavernícolas inconscientes), te pegue en la cabeza al no llegar a las calles, quedando en la vía, sin que impida evidenciar, de cualquier forma (dicho esto al margen) la falta de una mínima educación cívica que algunos más educados tenemos que soportar día a día en este país.

Pero a quienes administran los trenes no les importan nuestros árboles ni (por supuesto) ningún otro: lo único que quieren es seguir adelante con su negocio, que consiste en lo siguiente: simular que hacen un mantenimiento mediocre de los servicios ferroviaros para justificar los miles y miles de pesos (transformados en dólares) que se llevan día a día, mientras que el servicio en sí sigue igual o peor que siempre.

Porque podemos dar fe de que entre estas supuestas mejoras del servicio de tren, se incluye, curiosamente, la tala de árboles. Para justificarlo los empleados mandados a cortar y talar dirán "yo hago lo que me dicen, quéjese usted con mi encargado", el encargado dirá "yo hago lo que me mandan, o no cobro dinero ni yo ni mis empleados, quéjese con mi jefe", el jefe dirá "yo no soy el responsable" y, finalmente, el jefe dirá a través del responsable, y éste a través del encargado y, finalmente, del empleado raso, dictará la sentencia de que "esos son terrenos pertenecen al ferrocarril y hacemos lo que se nos antoja". Dirán, en definitiva, que los árboles "son un obstáculo" que "se interponen a futuras mejoras del servicio".

Todo esto, por si se lo preguntan, son hechos tomados de un caso real: de mi casa, del tren que pasa enfrente y de los árboles que por el momento se interponen entre ambos, haciéndonos la vida un poquito más llevadera, sólo por ahora...



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