Objetivo inalcanzado: una amargura innecesaria


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Federico Ferrero

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En el ámbito universitado, de las artes marciales, y de los estudios en general, pude comprobar algo que también entiendo se da incluso en la vida tomada en su conjunto: la frustración que algunos experimentan y trasladan a los demás por no haber logrado lo que se supone que se debe lograr en materia de graduaciones o títulos.

Lamentablemente en diferentes ámbitos de aprendizaje que pude experimentar (desde el universitario hasta las artes marciales, pasando por otros tipos de cursos y enseñanzas no formales) tarde o temprano me encontré con algunas personas que llevan años practicando o estudiando, pero que, por una razón o por otra, nunca pudieron conseguir un reconocimiento de lo que saben a través de una graduación (en artes marciales, típicamente, el cinturón negro) o de un título (un diploma o licenciatura universitaria, etc.). A grandes rasgos, esto mismo, aplicado al no haber logrado algo que uno quería en la vida, se traduce en general en algo que es, a mi entender, una amargura innecesaria.

No soy psicólogo ni quiero que esto se interprete como un análisis psicológico. Más bien lo que quiero es hacer una reflexión sobre lo que uno espera del "camino" de la vida, lo que en artes marciales japonesas se llama el "do". Viendo que esta actitud es más o menos normal en ciertos practicantes veteranos de artes marciales que no consiguieron reconocimiento en títulos, me pregunto porqué estas personas llegan a esta situación de sensación negativa ante la práctica de una disciplina pensada para todo lo contrario, y porqué transfieren esta negatividad a los demás en forma de envidia (si se trata de otra persona más graduada) o de subestimación o desprecio directo o indirecto (si se trata de una persona menos graduada).

Mi respuesta es compleja, ya que entiendo que esta actitud depende no sólo de cuestiones relacionadas con toda división jerárquica mal entendida, sino con un cierto carácter y criterio personal para relacionarse con los demás, que adolece de un defecto principal: el de buscar competir con el otro con el objetivo de ser más que el otro.

En cuanto al efecto que la jerarquía tiene en estas personas, el error parte de no entender el objetivo real de esta: la jerarquía no buscan "doblegar" o mostrar que unos son más fuertes y otros más débiles y, por lo tanto, no fomenta la competición para la superación del otro. La jerarquía, bien aplicada, es simplemente un sistema de orden y disciplina que, en un contexto democrático, no se traduce en otra cosa que en la autodisciplina, ya que la imposición del acatamiento de las órdenes de alguien que sabemos sabe más, lo hacemos por propia voluntad para aprender de él, no para servirlo. En artes marciales juega en contra de entender correctamente lo que actualmente implica la división jerárquica la existencia de "maestros" (en el sentido marcial) versus los "profesores", que normalmente se idolatran menos. Respecto de esto último, y por no irme por las ramas, pueden leer esta reflexión.

Esta amargura también tiene, como dije, razones personales derivadas del propio criterio y carácter que se tiene para vivir la vida. Podría sorprender que esta forma de ser se dé incluso en practicantes de aquellas artes marciales que, al menos institucionalmente, predican el dejar de lado la competición o los enfrentamientos con los compañeros, diferenciándose así de los deportes de combate o de lucha en su faceta deportiva. O también puede sorprender verlo en aquellos que se dedican a estudiar una carrera universitaria, cuando se supone que uno busca aprender, ni siquiera, en principio, competir. Pero ocurre que el problema no está en sí no está ni siquiera en la competencia, sino en el cómo uno ve la competencia: si la ve como una lucha contra sí mismo, como una forma de superarse, el efecto será positivo; si, en cambio, la ve siempre en comparación con el otro, el efecto final, incluso siendo el mejor, será la amargura negativa e innecesaria que intento ilustrar en este artículo.

Un caso típico es el estudiante ( universitario, marcial, deportista, etc.) que lleva más años de lo normal estudiando y no se recibe. Aquel que incluso termina dejando de estudiar, y que por ejemplo, mal que bien, igualmente desarrolla su profesión, pese a no tener título, y entonces desprecia a aquellos que si lo tienen, de forma directa o indirecta...o, quizás, el estudiante crónico que nunca termina...cualquiera de los dos puede seguir, por ejemplo, participando de la vida política de la universidad, incluso en cargos políticamente relevantes, y bajar línea a los demás de lo que se debe o no se debe hacer, aunque él no haya logrado lo básico que se supone que debía lograr ni en tiempo ni en forma (obtener un título universitario). En países tercermundistas también encontramos al ciudadano (típicamente, un político o una persona que puede mover influencias a su favor) que obtuvo su títu personas lo de forma "irregular". Es decir, aquel que se recibió sin saber o sin examen alguno que demuestre que al menos algo sabe, y que, una vez imbuido de su estatus que lo licencia como "profesional", baja línea o intenta dárselas de conocedor de algo de lo que no tiene mayo idea, confundiendo incluso a aquellos que, sin título, intentan aprender de verdad, o que incluso en muchos casos ya saben más que él, que pretende dar cátedra y que nunca admitiría su ignorancia.

No sé si estoy logrando describir correctamente al tipo de persona que tengo en mente. O, más bien, al tipo de actitud de ciertas personas en ciertas etapas de la vida, etapas que algunos superan y otros alargan para el resto de sus días, transformándose en verdaderos viejos gruñones (sin importar su edad) que despotrican contra todo, porque que creen saber más que los demás, debido a que no saben ver sus errores, mucho menos por tanto entender de puntos de vista, y corregirse o superarse a sí mismos.

Hay que decirlo claro: estas exudan negatividad, siendo como mínimo un peligro para sí mismas, y normalmente también para los demás, constituyendo una lacra social. No digo que sea su culpa, pero así es. Y como dicen un refrán japonés "resuelve el problema, no la culpa". Lo cierto es que personas con esta amargura innecesaria, con este "mal del cinturón marrón perpetuo", con este "síndrome del objetivo inalcanzado" son incluso un peligro para los demás, sobre todo en actividades como las artes marciales o (por poner otro ejemplo) actividades o deportes extremos como el montañismo, en las que su actitud puede transformarse en un accidente: ya sea por falta de atención, o por hacer daño al otro en un exceso de fuerza o de violencia fruto de la imposibilidad de superar en destreza al que en realidad es tu compañero, con el que deberías compartir, no competir.

¿Porqué existe esta zona de estancamiento psicológico? ¿De qué depende que algunos se sientan así lastimándose a sí mismos y a otros? En mi modesta opinión, depende dos cuestiones irresueltas en su cabeza.

Por un lado, de no haber logrado llegar a esa instancia de reconocimiento, logrando un título en lo que se considera un tiempo normal, ya sea por cuestiones personales o por cuestiones inevitables del destino. Es decir, en no ser lo suficientemente tenaz y constante hasta conseguir su objetivo y tirar la toalla, abandonar, pero al mismo, no aceptando plenamente esta decisión, conservando la añoranza de aquello que no se puso como un objetivo totalmente prioritario de alcanzar y no parar hasta lograrlo: la típica persona que "llora" por lo que no consiguió, pero ya no hace nada para conseguirlo.

Por otro lado, y quizás más importante, esta amargura depende de no entender que ese reconocimiento del título, no es en sí algo ni necesario ni suficiente para saber más, sino simplemente un punto que, al llegar, se reconoce como una parte más del camino que nunca termina, del camino del saber y del superarse a sí mismo, no a los demás. Admito que ser consciente de este segundo punto es muy difícil sin haberlo experimentado en carne propia, pero no es necesario haberlo experimentado en el mismo ámbito de la vida que los frustra (por ejemplo, en la práctica de un arte marcial en cuestión) sino que puede haberse vivido en cualquier otra actividad donde hayamos logrado un reconocimiento en un papel que, en definitiva, nunca puede cambiar lo que somos.

Dicho de otra forma: inmediatamente antes y después de un examen seguramente vamos a saber lo mismo. Aprobar o no es algo meramente circunstancial. Después sí sabremos, en todo caso, si superamos lo que terceras personas u organizaciones esperaban de nosotros bajo ciertas reglas previamente establecidas. Si aprobamos, quizás estaremos entonces legitimados, "licenciados" o "diplomados" para poder realizar con más o menos legalidad, a partir de ese momento, la disciplina, profesión o actividad en cuestión...Pero nada más. Porque no hay que olvidarse que esta legitimación lo será en la práctica quizás y sólo quizás: muchas veces será temporal, y dependerá de nuevas reválidas o "reciclajes", y otras muchas también de algo tan vil y mundano como poder pagar regularmente cierta suma de dinero para poder estar "colegiados", "autorizados", etc... Así esta amargura innecesaria deriva en gran parte de un defecto del sistema educativo actual, extremadamente orientado al mundo del trabajo y la ganancia de dinero por el mismo, y de lo que suele llamarse "titulitis", un efecto colateral de la necesidad de tener títulos para sobrevivir en los tiempos que corren, pero que está totalmente alejado de lo que al bienestar y la felicidad personal se refieren.



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