Vótenme a mi, que no quiero gobernar


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Federico Ferrero

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Si tuviéramos un poco de sentido común, nos daríamos cuenta que postularse para dirigir (en teoría) los designios de un país o una comunidad tiene algo de patológico, ya que el ansia de poder y control sobre el prójimo parece ser el signo demoníaco que marca aquél autodenominado "política". Sin embargo, puede que el futuro (con un poco de suerte) nos depare una solución a la plaga del electoralismo mesiánico.

La política [1] es, ante todo, una oportunidad de hacer dinero rápido y fácilmente. Casualmente esto me lo dijo un político con un alto cargo, y aunque es una buena definición de política por ser evidente para cualquiera con una mínima inteligencia, experiencia y buen criterio (es decir, para unos pocos), lo cierto es que se queda algo corta.

Para llevar adelante con éxito esta "disciplina" llamada política, se necesita, además de querer hacer dinero rápidamente (cosa que también quieren muchas otras personas de bien), poseer ciertos ideales, pero solamente en apariencia. A lo cual hay que sumarle una cierta capacidad para el teatro (si se quiere aspirar a las altas esferas). Dicho de otra forma, hay que tener un gran manejo de la hipocresía y la mentira aplicada al dominio de las masas, de la competencia y del fraude.

El arte oscuro de la política, por tanto, debe permitir a su líder-chaman lograr que el público (votantes) resulte engañado de tal forma que llegue a ver al embaucador (político) como una persona que busca el bien común, y no el propio y el de ciertos grupos políticos o económicos de los que forma parte, que lo respaldan o a los que él respalda. Al mismo tiempo, el político tiene que tener la capacidad de poder abrirse paso "pisando cabezas" entre sus "correligionarios", rivales políticos internos y externos, pero con la sutilice necesaria para que todo esto no trascienda al público.

Todo esto es posibles no tanto por que la disciplina de la política sea un elevado arte del engaño imposible de detectar. Sino por una triste realidad: la mayoría de la gente es fácil de engañar, máxime con los medios de comunicación y sus técnicas de marketing (lavado de cerebro) actuales.

El marketing aplicado a la política todo lo puede, y cuando se combina con el fútbol señores, los resultados pueden ser espectaculares. Y si con el marketing no alcanza, quedan las artimañas de siempre: el estómago y otros necesidades para la supervivencia o placeres mundanos por los cuales baila el mono. Y si todo esto falla, tenemos a las "fuerzas de seguridad" (seguridad del gobierno, no de los ciudadanos, se entiende). Así, una minoritaria "secta" de avivados puede arrear al resto, de la mano de pan, circo y unos cuantos guardias para evitar que los gladiadores escapen de los leones.

¿Qué hay de nuevo en lo anteriormente dicho? Nada, por supuesto. Podríamos decir que es "vox populi", si la gente lo supiera...es decir, si no fuera mediocre. Y aquí está el meollo de la cuestión. ¿Qué pasaría si elimináramos a la mediocridad de la ecuación que determinar que la "democracia" funcione tal como la acabamos de describir?

Aquí nos puede dar una mano Arthur C. Clarke. Este famoso escritor inglés de ciencia ficción mencionó en una de sus novelas ("The Songs of Distant Earth") hace tiempo (año 1986) una particular forma de gobierno que, se imaginó, había surgido en Nueva Zelanda en 2011 (es decir, precisamente en el año en que escribo estas líneas). Dicha forma de gobierno partía del hecho de que las capacidades intelectuales de todos los ciudadanos se habían alcanzado plenamente (¡e incluso superado!). Dicho de otra forma, había desaparecido la mediocridad. Tras lo cual, en el ámbito del liderazgo, se llegó a la lógica conclusión de que cualquiera podía ser político, y en particular presidente.

Así, se establecieron ciertos baremos para tener en cuenta a quién elegir, la persona debía ser un adulto con pleno dominio de sus capacidades psicofísicas y con una cierta moralidad: no debía tener menos de treinta años ni más de setenta, no debía ser un enfermo incurable ni tener problemas de retraso mental, ni tampoco debía haber cometido ningún delito grave. Pero también resultó rápidamente clara otra cuestión: cualquier que quisiera ser presidente (por ejemplo), debía ser descartado automáticamente para ocupar dicho puesto por razones obvias. Así, se instauró una forma de elección de los cargos políticos verdaderamente democrática. Dicha forma se llamó "lotería".

En efecto señores, el azar, de la mano de las tecnologías que posibilitan la comunicación instantánea, permitía que en este futuro imaginado se eligiera entre todos aquellos que "NO" querían ser presidentes u ocupar cargos políticos, para que gobernaran por un período de tiempo limitado a sus conciudadanos. Así, se garantizaba dejar de lado la aún hoy tan frecuente patología del "político de vocación" o la confusión entre la necesidad de poder y fama y la capacidad de liderazgo, y se aprovechaba el verdadero sentido común de aquel que, viéndose elegido por el dedo democrático del destino, debía gobernar por un tiempo, aunque no lo quisiera (y precisamente por eso).

No podrán negar ustedes que la solución parece atractiva, incluso aunque aún no hayamos alcanzado la plena (ni mucho menos) madures intelectual de las masas, pero sí disponiendo ya de unas maravillosas telecomunicaciones y centros de datos...¿no seria mejor ministro de economía un ama de casa que un economista de carrera, por ejemplo? La duda persistirá...al menos hasta que la mediocridad abandone al ser humano civilizado. Dicho de forma realista, lo más probable es que nunca lo sepamos, para bien o para mal ;-).

Notas:
[1] En todo este artículo hablo de "política" en el sentido moderno y vulgar del término, sentido que (por supuesto) nada tiene que ver con el original, de aquella que podemos denominar "alta política". Llevada a cabo en su momento por pensadores y filósofos con preocupaciones mucho más profundas que las de tener dinero y poder, la alta política no tiene punto de comparación con la ramplona profesión moderna del mismo nombre a la que acá aludimos.



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