Supervivencia, evolución y eficacia de las dinastías: la Casa de David

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Pablo Edronkin

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Una forma de lograr que una situación de liderazgo se mantenga es establecer una dinastía: aquellas que son exitosas pueden perdurar por cientos, o incluso miles de años. Pero para lograr tal cosa hace falta pensar en el muy largo plazo, algo que los líderes ambiciosos no siempre están en condiciones de hacer dado que son esencialmente egoístas.

Una persona ambiciosa busca la satisfacción para sí misma a través del poder, pero el establecimiento de una dinastía consiste en la perpetuación y supervivencia de un poder que el líder ególatra no podrá disfrutar. Por lo tanto, la ambición personal y la creación de dinastías no son compatibles. El verdadero liderazgo y la ambición desmedida, tampoco.

Alcanzar la cima en cualquier actividad tiene un mérito, pero existe una diferencia entre el líder emprendedor que hace esto y construye su poder por cuenta propia, y el que hereda al menos parte de él porque forma parte de una dinastía.

Esto tendrá mucho que ver con las posibilidades que tendrá el líder de crear o continuar una dinastía. Un líder que se ha hecho a sí mismo por lo general deberá educarse como para crear o mantener una dinastía. Un líder que ha heredado una posición, por lo general no necesitará hacer tal cosa.

Perspectivas sobre el mérito:

En la historia de la civilización se desarrollaron dos formas de ver el mérito personal versus la herencia: En algunas sociedades las personas que nacen en una "mala" familia, por más logros personales que obtengan jamás saldrán de esa condición "plebeya". Al mismo tiempo, hasta personas que son perfectos idiotas, pero que nacen en una "buena" familia, pueden obtener por herencia mucho más de lo que lograrían gracias a su propia capacidad.

Gracias a los abusos de sistemas oligárquicos semejantes ha surgido en la cultura occidental, principal pero no exclusivamente, la noción de que lo que cuenta es el mérito personal. La herencia es castigada hasta con impuestos sucesorios.

Pero esta es en realidad una falsa dicotomía, pues ambos sistemas o formas de ver el mérito tienen sus aspectos positivos y negativos. En la actualidad se tiende a olvidar los aspectos negativos del sistema de pensamiento basado únicamente en el logro personal, y olvidar los aspectos positivos del sistema dinástico. Es por ende necesario revaluar la situación porque a causa del dogma se están perdiendo valiosos recursos y posibilidades.

El problema del líder moderno es que a causa de los sistemas de alternancia en el poder, y por su formación misma, raras veces entiende el concepto dinástico. En la actualidad se tiende al consumo y la renovación constantes, olvidando que lo "viejo" puede ser realmente más valioso de lo que se sospecha a simple vista.

En numerosos casos lo intentan, dado que no es difícil comenzar a entrever sus ventajas desde el punto de vista de una posición de poder. Pero raras veces los líderes que ascienden a su posición dentro de un sistema de alternancia en el poder pueden construir con éxito una dinastía. Y el primer malentendido que sufren es la creencia de que mantener una dinastía significa también eternizarse en el poder.

Para eso intentan modificar incluso las reglas de juego (estatutos, contratos, leyes, documentos constitucionales, etc.) y fallan miserablemente pues eso equivale a convertirse en autócratas y dictadores, y por lo general las sociedades no toleran eso.

La existencia de una dinastía significa poder, pero no poder inmediato, sino poder para ejercer poder. Mantener viva a una dinastía es en la práctica, algo contrario a intentar perpetuarse en un puesto. Incluso las monarquías modernas han entendido este concepto, y por eso se ha creado el puesto del primer ministro.

El ciclo de vida del poder

En la actividad comercial, la política, la creación del conocimiento y por supuesto, en la religión, se maneja poder, y es una máxima de todo líder el tratar de mantenerlo. La diferencia entre el líder ególatra y el que no lo es reside en el lapso de tiempo que dicho poder será mantenido y podrá sobrevivir: por lo general los líderes egoístas no solamente no pensarán seriamente a futuro excepto para agasajar sus propios egos, sino que cometerán numerosos errores a causa de su falta de sabiduría y exceso de ambición, que acabarán por quitarle su poder.

Supuestos grandes estrategas como Napoleón o Hitler caen dentro de esta categoría: fueron sus propios errores y virulencia bélica los que acabaron con ellos sin poder realmente establecer dinastías pese a que ambos tenían intuitivamente esos deseos. Napoleón se hizo coronar emperador y Hitler hablaba de un Reich de mil años. Ambos conceptos implican la perpetuación del poder más allá de sus propias expectativas de vida.

Pero en ambos casos, esas ideas dinásticas no eran más que ilusiones porque una de los requisitos esenciales para la formación y éxito de una dinastía es que los que queden bajo el poder de la misma no se harten de ella, y con crueldad y destrucción un líder no se hace especialmente popular. En otras palabras, resulta casi imposible crear y mantener una dinastía a sangre y fuego, por imposición. Las dinastías exitosas nada tienen que ver con la autocracia.

Incluso si al principio se obtiene fulgurantes victorias, si el grado de conquista es vasto, a la larga no hace ninguna diferencia: a los ejemplos citados habría que agregar el de Alejandro Magno y el de los mongoles. Ninguno de los imperios que construyeron con victorias militares aplastantes al principio logró perdurar.

La vida de un líder es finita y sin embargo, el poder no necesariamente lo es. Por eso es que los líderes frecuentemente intentan traspasar el poder a sus descendientes, a su misma familia o clan. La cuestión es si tienen éxito o no.

En el peor de los casos, el poder no podrá transmitirse ni siquiera una generación. Eso es lo que sucede cuando – por ejemplo – los hijos de un hombre de negocios acaudalado rechazan su forma de ser y adoptan personalidades muy distintas, o en el caso de que el poder sea ejercido violentamente. En tal caso, los hijos o sucesores – de existir - se dedicarán a actividades muy distintas y el poder no logrará sobrevivir. Y en casos en los que existan sucesores, generalmente se producirán enfrentamientos entre ellos: por caso, así terminó el imperio de Alejandro Magno tras su muerte.

En otros casos, los padres logran entrenar a sus hijos para continuar por el mismo camino. Esto puede rendir sus frutos por un par de generaciones, tal como ocurrió en el caso de los sucesores de Henry Ford. La debilidad principal del método de entrenamiento reside en que se requiere de una cierta debilidad de carácter de los hijos como para que acepten lo que el padre les inculca, pero esa misma debilidad de carácter les puede hacer perder poder una vez que se produzca la sucesión. Con este método de entrenamiento forzado o de conveniencia, el poder se podrá mantener por un cierto tiempo pero inevitablemente la dinastía perecerá al cabo de algunas generaciones si es que no ocurren cambios profundos.

Hay una tercera alternativa que consiste en el pase de la posta del liderazgo por medio del asesinato: en la historia se han repetido muchos casos en los que sucesores ansiosos de poder asesinan, exilian o derrocan a sus padres o antecesores. Generalmente esto conlleva a una gran debilidad de la dinastía y en muchos casos, a su caída.

Ninguno de los métodos anteriores garantiza la supervivencia de una dinastía, pero existe una cuarta alternativa que consiste en lograr que los hijos emulen a los padres, pero para que esto se logre debe propulsarse una coincidencia de valores y actitudes, y el poder debe quedar bien regulado y distribuido. Esto no se puede lograr cuando existe una auténtica sed de poder.

La madre de todas las dinastías

Pese a que no es ningún secreto pocos lo saben: existe un sistema dinástico que ha funcionado de esta forma por al menos cuatro mil años. Esta es la Casa de David, la antigua aristocracia judía, probablemente el mejor ejemplo de cómo se debe entender el concepto dinástico.

Historiadores y genealogistas todavía debaten de qué forma es que la Casa de David ha podido perdurar durante tantos siglos, y si los actuales representantes de la misma son en realidad, descendientes de sangre del rey David de Israel. Pero a todos los efectos prácticos, la Casa de David es real y tiene un efecto tangible, dado que su existencia siempre ha sido tomada como cierta, y tanto propios y extraños han actuado en consecuencia teniendo en cuenta tal creencia. En otras palabras, se asume que los miembros de la Casa de David son efectivamente descendientes del antiguo rey tanto como se asume que un Papa moderno es descendiente de Pedro. La ciencia moderna sugiere esto, aunque no ha podido confirmarlo totalmente.

Desde sus comienzos, la realeza israelita y sus descendientes hasta la actualidad constituyen un grupo bastante endogámico junto con los Kohanim y Leviim. Gente que lleva títulos como HaMelekh, HaNasi, HaLevi y HaCohen aparecen casados unos con otros, entrecruzando siempre las mismas familias, y todo este proceso ha sido organizado por rabinos durante siglos. Basta recordar que los Kohanim, por ejemplo, se encuentran sujetos a normas sucesorias muy estrictas. Este linaje se extiende atrás hasta la época en la que los judíos se hallaban en Egipto. De todos esos eventos y personas se dice que se guardan registros hasta la actualidad.

El problema reside en que no es posible confirmar más allá de toda duda que todos esos registros, después de tanto tiempo, son precisos o auténticos. Pero para los rabinos que afirman y mantienen esos registros, hacer afirmaciones en torno a la sucesión de David o Moisés no se pueden hacer a la ligera, y existe una coincidencia abrumadora entre ellos, a lo largo de milenios, en el sentido de sostener y confirmar la existencia de la Casa de David. Jugar con eso sería como para los cristianos, negar la existencia de Jesús.

El rey David descendía de Moisés, y los Kohanim son también descendientes, según la Biblia, de la familia del profeta. Tests de ADN confirman la existencia de un ancestro común para el caso de los Kohanim hacia la época de la decimonovena dinastía egipcia, cuyos comienzos coinciden con la época en la que habría vivido Moisés: él era medio hermano del faraón Ramsés II, y hay interpretaciones que sugieren, precisamente, que la dinastía Davídica se extiende hasta los faraones egipcios.

Los Imanes chiítas descienden de Shahrbanu, casada con uno de los descendientes del profeta Mahoma, hija del Shah Yazdegard III, a su vez vinculado y descendiente de los exilarcas judíos, que a su turno, descendían del rey David. La hermana de Shahrbanu, Dara Izdundad, se casó con Bustanai, uno de los exilarcas hacia el final de la era sasánida.

Desde entonces y hasta el presente, junto con el linaje de los sabios de Pumbedita, se afirma que la sucesión de la Casa de David llega hasta el presente, tanto entre los chiítas como entre los judíos y cristianos. Hacia el año 800 BCE, algunos de los miembros de esta familia llegaron a Europa. Desde entonces se han asimilado en la aristocracia Europea.

Si bien no todos quedan satisfechos con el material existente sobre el que se basan tales afirmaciones, hay pruebas circunstanciales que indican que es así, y análisis probabilísticos ciertamente respaldan tales conclusiones. Todavía faltan contrapruebas que demuestren fehacientemente algunos hechos como para convencer a todos los historiadores, pero a medida que la ciencia avanza se torna cada vez más real la autenticidad de una de las dinastías más largas del mundo.

Pero la Casa de David no es la única dinastía de gran extensión en el tiempo: la familia imperial del Japón y el papado se extienden durante miles de años. En estos otros dos casos también hay aspectos que requieren todavía de una confirmación histórica, pero dado que millones de personas creen en ellas, el poder de estas sucesiones es real. En el caso de la sucesión Davídica también pasa algo similar, dado que se considera que los Rebbes hasídicos forman parte de esta dinastía y poseen muchos seguidores, pero como ésta, a diferencia del papado o de los descendientes de los emperadores japoneses, constituye una familia extendida o clan, hay que considerar cual es el efecto que la percepción de su aparente origen tiene sobre sus propios integrantes.

No se sabe con exactitud cuantos son, pero toda la dinastía habría estado compuesta por unas diecisiete mil personas a lo largo de unos cuarenta siglos. En la actualidad se conocen alrededor de mil casos repartidos en el mundo, de personas vivas que puede trazar su linaje sin duda alguna hasta los nombres que integran la Casa de David. Estas personas saben lo que son y de dónde provienen, y son en su mayoría bastante exitosos en sus vidas, como lo han sido la mayoría de los davídicos conocidos. La conciencia sobre el orígen parece tener un impacto, o bien se trata de gente mejor preparada que otros.

Según la genealogía bíblica, David era descendiente de la familia de Moisés. Semejante afirmación ya de por sí posee un peso extraordinario en lo religioso, y es suficiente como para hacer que cualquier descendiente se sienta un tanto especial. Entre los integrantes de la casa de David hay varios ejemplos de familias Kohanim, es decir, de descendientes directos masculinos de Aron, hermano de Moisés, y Levitas, descendientes de la tribu de Levi, a la que pertenecía Moisés.

Pruebas de ADN realizadas sobre un número de HaKohen han permitido establecer que poseen todos un ancestro común, hace unos 3.500 años. Moisés, de acuerdo a cotejos históricos, habría vivido hacia el año 1.500 BCE.

Son varias las familias de Kohanim que integran la genealogía de la dinastía davídica, como en el caso de los rabinos Katzenellenbogen – de los cuales hasta surgió un rey de Polonia -, la familia Schoenberg, Guterman, Wagman, Rapaport, Kahane, Eger, etc. y se sabe que los HaCohen y HaLevi con frecuencia entrelazaban su descendencia con quienes eran y son considerados como descendientes davídicos, como en el caso de los Rebbes hasídicos, los descendientes de Rashi, etc.

Es decir, de una u otra manera, la Casa de David tiene ancestros desde hace por lo menos tres mil quinientos años – en realidad, se registran nombres hasta hace unos cuarenta siglos atrás - y sus descendientes pertenecen a la realeza, tanto por los propios reyes israelitas, como las familias de faraones egipcios que realizaron con ellos acuerdos nupciales, los reyes sasánidas de Persia, los Guptas, la dinastía de Justiniano, emperador de Bizancio, y varias casas reales europeas y árabes que posteriormente se entrelazaron con ellos.

El efecto de la identidad dinástica

Si bien cada familia tiene su historia, no hay muchas familias que posean una historia similar a la de la Casa de David, lo cual no solamente tiene un efecto sobre la percepción de sí mismos para el caso de cada integrante de la dinastía, sino que afecta a los resultados que obtienen, dado que por definición, en una dinastía el poder tiene un efecto que trasciende las generaciones.

En las dinastías reales europeas, el efecto acumulativo fue por lo general negativo: así es como se llegó a la revolución francesa y a la revolución rusa. Pero en el caso de la dinastía davídica el efecto fue distinto, probablemente porque las condiciones que enfrentó el pueblo judío desde la diáspora hasta el presente han sido muy particulares y la necesidad hizo que los líderes dinásticos tuvieran que adaptarse y evolucionar para poder sobrevivir.

Para entender lo que esto representa en la práctica basta imaginar lo que sucedería si una persona deposita una cantidad de dinero en un banco con el objeto de acumular una renta que generaciones sucesivas disfrutarán. Si el tiempo de acumulación fuera de siglos o milenios la suma depositada sería al final, una cuantiosa fortuna. El efecto de la existencia de una dinastía es similar, pero en aspectos más amplios que el dinero: cada concepto correspondiente a una dinastía, tanto su capital, su historia, sus conocimientos, etc. actúan en cierta forma como cuentas de ahorro. Cuanto más antigua es la dinastía, mayor valor alcanzan esas cosas.

Este es un aspecto muy importante, que es poco entendido, lo cual da lugar a la creencia de que "el sionismo", "los sabios de Sión", los "banqueros", etc. están detrás de conspiraciones monumentales para dominar el planeta, según diversas perspectivas y definiciones antisemitas. Lo que sucede con mucha gente es que alcanzan a percibir que detrás de muchas manifestaciones de poder hay judíos de por medio a pesar de que también hay cristianos, musulmanes, ateos, etc. lo único que se tiende a ver y criticar es a los judíos implicados, dado el sesgo antisemita que en general perdura en el mundo.

Lo que la gente no instruida deduce es que como los los judíos son exitosos a pesar de todo, por lo tanto, deben estar conspirando porque ellos, sin tantas desventajas, no pueden obtener lo mismo. Pero lo que no alcanzan a entender es que en primer lugar, no se trata de todos los judíos sino de aquellos que pertenecen a la aristocracia judía.

En segundo lugar, que no se trata de una conspiración sino de una conjunción de educación y valores culturales que los torna sumamente competitivos respecto de otras personas.

Y en tercer lugar, y especialmente en el caso de la élite, hay que tomar en cuenta que puede darse un efecto acumulativo en materia de preparación e inteligencia: El resultado de vivir por más de cien generaciones en las mejores condiciones disponibles en cada época, simplemente podrá haber producido gente mejor preparada y de mayor coeficiente intelectual.

Esto se puede apreciar en el hecho de que entre los descendientes de la realeza judía hay una enorme cantidad de personas talentosas en diversas disciplinas. Y no hay que olvidar que a pesar de que los judíos representan alrededor del 0,25 de la población mundial, personas de ese origen han obtenido cerca del 25% de todos los premios Nobel.

Otro ejemplo se puede ver en el rendimiento de las fuerzas militares israelíes: un país de siete millones mantiene a raya a casi dos mil millones de musulmanes, y el talento militar israelí era inexistente antes de la segunda guerra mundial. Fue desarrollado en menos de una década, mientras que a otras naciones lograr algo similar les llevaría siglos.

La gran profusión de banqueros y financistas entre estas personas se debe fundamentalmente a que los judíos tenían prohibido poseer tierras o dedicarse a labores más convencionales. Se especializaron en finanzas, desarrollaron el comercio y naturalmente se tornaron buenos en el cálculo. Las matemáticas encuentran aplicaciones no solamente en la economía sino en las ciencias en general y por ende, surgen de estas familias personas que se dedican no solamente a las finanzas sino también a actividades académicas, artísticas, etc. que requieren de un cierto grado de prestancia intelectual.

Al intentar coartar los intentos de los judíos para tener vidas normales en la Europa medieval, las autoridades y la población no judía generaron las condiciones para que los judíos necesariamente y para sobrevivir, tuvieran que convertirse en cada vez más hábiles en lo poco que se les permitía hacer. Esto, combinado con la visión de largo plazo que naturalmente se desarrolla cuando las personas se acostumbran a medir el tiempo no ya en términos de su propia generación sino de la existencia de toda una dinastía de la cual son conscientes, les permite aprovechar oportunidades que todavía no se han manifestado de forma evidente a otras personas que no tienen la misma clase de formación.

Las mismas razones que le impiden a otras personas ver esas oportunidades son las que les sirven de pretexto para prejuzgar. Las teorías conspirativas que pretenden explicar de forma esotérica la supuesta "maldad" de esta gente se originan en la ignorancia.

Por ejemplo, según "Los protocolos de los Sabios de Sion", estos conspiradores se reúnen en secreto en el cementerio judío de Praga. Pero cualquiera que haya estado en esa ciudad en invierno podrá darse cuenta de que hay mejores lugares para reunirse durante la noche, especialmente si se es millonario.

Por otra parte, dado que los Kohanim tienen prohibido por motivos religiosos entrar en contacto con cadáveres, no tendría mucho sentido que se reunieran justamente en un cementerio. Los que editaron "Los protocolos" - que se sabe que son apócrifos – ni siquiera tuvieron la prolijidad suficiente como para estudiar las costumbres de aquellos a quienes atacan.

Cuando un maestro de ajedrez se enfrenta a una sucesión de rivales menos capaces y los vence a todos, no hay ninguna conspiración de por medio en marcha. Simplemente, el maestro puede anticiparse a sus rivales, planificando en consecuencia. Lo mismo ocurre en este caso. Es la frustración y la impotencia de los rivales menos aptos lo que genera el resentimiento contra el implacable vencedor.

De familias de banqueros como los Rothschild han surgido artistas y actores, de los banqueros Ephrussi, artistas y escritores. De la familia Natanson de banqueros polacos, hasta eminencias en física. De los Kroneberg, potentados de Varsovia, directores de cine y músicos. De los banqueros Wertheimer y Oppenheimer de Alemania, surgió la familia De Beers y el creador de la primera bomba atómica. De los banqueros Skowronek, científicos, exploradores, militares condecorados, escritores, y músicos, incluyendo una niña que a los cinco años era concertista de piano en la filarmónica de Varsovia. Viendo que las familias de Stalin o Hitler no produjeron nada excepto dos diabólicos personajes cada una, se comprende el resentimiento que estos individuos sentían.

Tres cosas hay que decir de las familias que comprenden la dinastía davídica: en primer lugar, son todas judeo cristianas o musulmanas, por lo que la idea de una conspiración sionista o judía encabezada por ellos carece de sentido, máxime que la existencia de esta dinastía antecede con mucho al propio movimiento sionista. Hay que destacar que el mote de "sionista" es usado en la actualidad por antisemitas y nazis como una forma políticamente correcta de ventilar su odio hacia los judíos.

Luego, que todas están relacionadas familiarmente entre sí, y por último, que con todo el dinero del mundo no les hubiera bastado para producir niños prodigio, científicos y artistas a lo largo de más de cien generaciones. Para eso hace falta no solamente el dinero de un banco o un ferrocarril, sino talento en la familia. Goethe afirmó una vez que "Para hacer algo, primero hay que ser algo: admiramos a Dante pero no debemos olvidar que detrás de él hay una cultura de siglos, y que la fortuna de los Rothschild no se construyó en una sola generación".

En siglos anteriores los precursores de estas familias produjeron una enrome cantidad de material cultural. Todas están relacionadas con y descienden de nombres rabínicos como Alter, Rottenberg, Teomim, Luria, Eisels, Katzenellenbogen, Kalonymus, Soloveitchik, Caro, Bacharach, Landau, Loew, Klepfisz, Guterman, etc. y a su vez, los rabinos de esos nombres produjeron centenares de libros y tratados. La producción cultural, científica, artística y económica de la dinastía davídica como aporte a la humanidad excede a la de algunos países tomados en su conjunto.

No cualquiera puede ser banquero: no basta con obtener mucho dinero para serlo, sino que hay que saber manejarlo. Si entre la aristocracia judía hay un gran número de banqueros y personas dedicadas a los negocios, es simplemente por su mayor habilidad e inteligencia. Para quienes no están suficientemente formados para comprender la naturaleza de los recursos necesarios como para producir dinastías, esto puede impresionarles de forma similar a la que a un primitivo puede buscar a la gente que viven en esas cajas que llamamos televisores. Es decir, se buscan soluciones mágicas porque los conceptos manejados están fuera del alcance de la mente menor. Así es como caen en la conclusión de que existe una conspiración.

Resulta sorprendente el odio hacia los judíos cuando los resultados indican que muy por el contrario, en muchos los aspectos constituyen un arquetipo para ser emulado. Lo que hace falta para crear una dinastía es esencialmente una receta efectiva para obtener logros, y repetir dicha receta un suficiente número de veces. No hay nada nuevo que inventar: solamente hace falta tomar el ejemplo de la Casa de David.


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