La supervivencia y continuidad de las dinastías

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Pablo Edronkin

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La supervivencia no es un concepto que solamente comprende el hecho de mantenerse con vida; en algunos casos puede significar la apuesta por la continuidad de dinastías políticas o de liderazgo también.

En nuestra cultura actual estamos acostumbrados a pensar sobre todo en le presente y muy poco en el futuro o en el pasado, pero la verdadera visión del liderazgo requiere de una perspectiva completamente diferente. Y si se desea que la supervivencia de alguien o algo – desde una persona hasta una nación -, tenga sentido, debe tenerse en claro por qué y para qué se apuesta a sobrevivir en vez de dejar que la naturaleza haga su trabajo final.

Para explicar esto, vamos a recurrir a un ejemplo histórico, de una situación de supervivencia real en el sentido de que ocurrió realmente, y en el sentido que le ocurrió a la realeza del mundo antiguo.

Yazdegerd III llegó a convertirse en Shah de Persia en el año 632 de la era moderna y tras una serie de disturbios y problemas políticos que terminaron con el reinado de su abuelo Khosrau II. Finalmente, y tras una serie de líderes que gobernaron por muy poco tiempo y varios pretendientes que disputaron el trono de forma sangrienta, Yazdegerd III pudo estabilizar la situación, por unos años.

El imperio Persa ya no era lo que había sido antes. La dinastía Sasánida, de la cual Yazdegerd III era parte, había gobernado por siglos ya encontraba nuevos enemigos dentro y fuera de su imperio, pese a las alianzas que también había formado: María, la abuela de Yazdegerd, había sido una mujer romana, hija del emperador bizantino Mauricio, y entre sus ancestros directos podía contar a la línea directa de los descendientes de David, rey de Israel y Judea.

En efecto, Yazdegerd I, uno de sus ancestros, se había casado con Sashandukt bas Abba, descendiente de Akkub ben Hizkiah Elioenai, nacido en el año -244, quien a su vez descendía de Hananiah ben Zurubbabel, hijo de Zurubbabel, el tercer exilarca y descendiente directo de la dinastía Davídica.

Según los evangelios cristianos, otro de los hijos de Zurubbabel, Abihud, era ancestro directo de María, esposa de José, y éste a su vez, desciende directamente de Rhesa, otro de los hijos del tercer exilarca. Es decir, Yazdgegerd III, último Shah Sasánido, era descendiente del rey David y pariente de Jesús. Lo cual lo colocaba no solamente dentro de un interesante árbol geneaológico, sino en una posición política que podía ser de utilidad, dado que su abuela María había sido cristiana, él era zoroastrista, y en su familia podía contar a la realeza judía y romana.

Pese a estas condiciones políticas favorables, el imperio persa estaba en problemas por sus propias luchas internas y por el avance del Islam. Lo cual nos recuerda una vez más que en materia de liderazgo hay una distancia entre lo meramente potencial y los resultados reales de la aplicación de esa potencialidad.

A veces hasta un millonario puede vivir como un pobre, si es que por la razón que sea, no encuentra el camino para utilizar su riqueza de manera adecuada. Una situación puede desmejorar de tal manera que se torna realmente imposible para cualquiera – incluso para los líderes de habilidad extraordinaria – revertir el destino.

De hecho, el reinado de Yazdegerd III cayó y su dinastía centenaria fue reemplazada por un califato, que luego fue reemplazado por otro. No pudo hacer demasiado para mantener el imperio en sí antes de su muerte en el año 651 de la era moderna, pero en los años que gobernó, se las arregló bastante bien para asegurar la supervivencia de su mandato y su familia.

En años posteriores, quienes tomaron el poder en Persia entendieron la importancia de la continuidad dinástica, y se encargaron de completar los casamientos reales en aquellos casos en los que Yazdegerd no había podido completar el trabajo (ver Outcasting Those Unsuitably Married).

Peroz II, quien era el príncipe heredero, logró escapar con buena parte de su familia hacia China, donde la familia imperial Persa logró establecer contratos matrimoniales con la familia de los emperadores chinos. Narsieh, hijo de Peroz II, fue ya un general chino.

Dos hijas de Yazdegerd III fueron casadas con la nueva élite islámica: una de ellas se convirtió en esposa del Califa Muhammad ibn Abu Bakr. A otra de ellas, Shahrbanu, se le ofreció casarse también con alguien del Islam. Incluso pudo elegir con quien, y tras decir que quería "una cabeza que no estuviera debajo de ninguna otra cabeza", se convirtió en esposa del Imán Hussein ibn Alí, nieto del profeta Mahoma.

Y otra de las hijas de Yazdegerd III, Dara Azdawar Izdundad desposó a Bustanai ben Haninai, exilarca judío y por lo tanto, príncipe heredero de la dinastía de David, que por aquel entonces ya se extendía por mil seiscientos años.

Tanto en el Islam como en el judaísmo y el cristianismo, todavía existen descendientes de David, Shahrbanu, Hussein ibn Alí, Dara y Bustanai. En el islam, a los descendientes del profeta se los conoce como "Ahl al-Bayt" o "gente de la casa". Entre los judíos, se conoce a los descendientes del rey de Israel como "la casa de David".

Resulta curioso que existiendo incluso una relación político familiar entre estas dos religiones, además del cristianismo y el ya casi extinto zoroastrismo, por medio de la familia de Yazdegerd III, la historia de estas religiones sea tan violenta hasta la actualidad. Pero de las ramas de "la casa" que todavía existen, han surgido innumerables teólogos, escritores, artistas, científicos, pensadores y líderes políticos. Todo un testimonio a la habilidad de los reyes y emperadores de hace miles de años, su instinto de supervivencia, su habilidad estratégica y su forma de apostar al futuro.


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