¿Algo cambió en River Plate?

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Pablo Edronkin

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Casi dos semanas después de su humillante descenso de categoría, el club River Plate parece empecinado en demostrar que si de fracasos se trata, ellos quieren un nuevo campeonato.

¿Qué se obtienen haciendo más de lo mismo? Evidentemente, más de lo mismo. En River, a una semana de la debacle de un club que supo estar a la altura de los mejores del mundo prácticamente nada ha cambiado. Solamente ocurrió el reemplazo de su técnico J.J. López por renuncia de él mismo, pero no porque alguien dijera que se tenía que retirar por falta de aptitud y en vista de los resultados pero el plantel sigue igual y el gerenciamiento también. Si se asume que la forma en la que se juega y la manera en la que se lidera son determinantes en el destino de un equipo, cabe pensar que los líderes actuales de dicho club apuestan a que ellos pueden ser parte de la solución sin más fundamento que haber sido parte del problema. En River el mérito o la falta de él parecen no constituir un factor, lo cual es extraño dado que el fútbol y el deporte competitivo tienen como sustrato la noción del perfeccionamiento. Esto es un signo no ya de estar pasando por un mal trance sino de decadencia, pues han quedado alterados los valores fundamentales del club como entidad competitiva. La mejora se hace imposible, el error se torna en algo familiar. El fracaso en costumbre. La mediocridad en un modo de vida.

Pero esto no es cuestión solamente de la dirigencia: los socios están a la misma (baja) altura que sus líderes. Los socios del club rioplatense no han movido un dedo para asegurarse la remoción de los dirigentes del club que lo han llevado a la ruina ¿y si no lo hacen ellos quién lo hará? La conclusión que cabe es que o no saben, o no les importa. A los dirigentes lo único que les importa es conservar sus jugosos ingresos, y por lo tanto confían en, precisamente, la falta de carácter de los asociados del club. Ya han probado su fracaso y deberían irse por el bien del club, pero anteponen sus intereses personales por los de toda la organización. Simplemente dicen que no se van a ir, y no se van; y los socios que son ignorantes si no saben, o indiferentes si no les importa y por lo tanto, en cualquiera de los dos casos, un lastre para River, cuya única utilidad consiste en pagar sus cuotas como afiliados para que los dirigentes puedan comprarse el último modelo de un Corvette o Mercedes Benz. ¿Para qué sirve un socio si no hace valer sus derechos en los momentos que importa?

¿De qué vale un club con un equipo que juega mal, dirigentes que dirigen mal y socios que piensan mal? ¿Cual podría ser un diagnóstico acertado de su futuro?

Es como un modelo de la sociedad en la que viven, destruída por políticos ineptos y votantes a los que parece importarles más poder adquirir un televisor en cuotas con su tarjeta de crédito que los principios sobre los que está construida la sociedad. Con tal de sentirse bien en el corto plazo, los votantes abandonan cualquier escrúpulo que tendrían en relación al respeto a las leyes, la corrupción, el cuidado del medio ambiente o la ejemplaridad en el liderazgo. Los políticos saben esto y juegan con las aspiraciones inmediatas de sus votantes mientras que por otro lado negocian atrozmente para que existan minas a cielo abierto, o de forma que los deerechos humanos sean tratados como un negocio. Y la gente, viendo que le roban el dinero de sus impuestos y le mienten, no hacen nada. No hacen valer sus derechos y aún peor: vuelven a votar a los mismos líderes políticos.

¿De qué vale una sociedad que se menosprecia, con líderes que lideran mal y ciudadanos que piensan mal? ¿Cual puede ser su futuro?

Merecido el fracaso de River, que también merecerá nuevos fracasos de continuar así. Y merecido el fracaso de la sociedad que alberga a ese club, que merecerá también cualquier desastre que se le avecine. No vale la pena apostar por ninguno de los dos.


Futból playero argentino.





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